"Verdaderamente emocionado y agradecido " ha entregado José Sacristán (Chinchón, 1937) su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes , integrado por diversos objetos relacionados con su vida, con su trayectoria profesional y con aquellos que le “enseñaron a estar en el mundo” y todavía hoy le siguen impulsando a seguir adelante: " Mis padres, mi tío Francisco, mi tía Socorro . Toda esa gente de aquella posguerra terrible. Gracias a ellos estoy aquí".
"Entrego aquí parte de la vida de aquellos de los que vengo , en cada cosa hay un aliento, un flujo, un recuerdo y una memoria ", ha destacado, para después presentar en primer lugar el sombrero de su abuelo , que tenía para él un "efecto mágico " cada vez que se lo ponía. "Estaba en una caja de cartón en la casa de mi pueblo, en Chinchón. Yo trepaba, lo cogía, y cuando me lo ponía era como la lámpara de Aladino o la alfombra mágica del ladrón de Bagdad ", ha relatado.
Un sencillo gesto que repetía una y otra vez y en el que está el inocente germen de su vocación interpretativa , mucho antes de imaginar siquiera la posibilidad de dedicarse a ello profesionalmente. " ¿Qué coño le pasaba a ese crío cuando cogía el sombrero? ", se ha preguntado, para contestarse a sí mismo: "Es la capacidad que tiene el ser humano de fantasear , la necesidad de la multiplicidad y de ser otros". De alguna manera, el sombrero ha sido el protagonista del acto, pues Sacristán se ha referido a él en varias ocasiones como un nexo con el niño que una vez fue y el octogenario que hoy es.
Y así lo ha explicado: " Este crío que está aquí sentado con 88 años se lleva muy poca diferencia con aquel, y sigue manejando los mismos elementos, la misma manera de entender la vida y su idea de intentar respetar lo que debe ser respetado y exigir el nivel de respeto que uno cree que merece. Me ha sido imposible separar al crío con los sabañones y el puré de harina, el que soñaba con ser D'Artagnan, Robín de los Bosques o El cisne negro . Sigo conviviendo con él encantado de la vida".
— Instituto Cervantes (@InstCervantes) June 17, 2026
La caja número 1324 ha recibido otros objetos de Sacristán, todos ellos profundamente personales y muy relacionados con la memoria familiar. Como el cine NIC , un juguete que permitía ver imágenes en movimiento, o una colección de cromos . Recuerdos de la España de posguerra, "en un entorno bastante jodido ", en el que dedicarse a ser actor era "una ilusión que no pasaba por la disciplina profesional", y en el que nunca perdió el contacto con la realidad gracias a unas novelas por entregas que coleccionaba su tío, La explotación humana , con las que tuvo su primera " concienciación social " y supo de dónde venía: "Aunque yo tenía muy claro que alguien se había pegado con alguien, y a mí me había tocado estar con el que había perdido".
En la Caja de las Letras queda a partir de este miércoles, junto a todo lo anterior, un cuaderno en el que su padre copió una serie de rimas y poesías durante su reclusión en la cárcel de Ocaña "para distraerse a ratos del aburrimiento", y que le sirvió al actor para dar sus primeros recitales. Otro recuerdo depositado en el Cervantes ha sido un ejemplar de El Quijote que, de nuevo su padre, intercambió en prisión por un paquete de tabaco en 1941.
Pero no se vayan todavía, porque aún hay más. Por ejemplo, unos programas de cine con los que prolongaba "el hecho mágico de la sala" cuando era niño. " Yo quería ser Tyrone Power y me he quedado en esto ", ha reconocido divertido, sosteniendo uno de estos folletos y provocando las risas del auditorio. También ha incluido el programa de su debut como meritorio en 1960 en el Teatro Infanta Isabel de Madrid, donde conoció a Alfredo Landa y trabajó con Rafael Arcos o Julia Gutiérrez Caba , así como el disco que grabó con Concha Velasco , Yo me bajo en la próxima , el guion facsímil de la película que dirigió en 1983, Soldados de plomo , o un visor con el que empezó a familiarizarse con los objetivos y tamaños.
A todo ello hay que añadir un libro de Stanislavski con anotaciones, que compró en una librería clandestina . "No entendía absolutamente nada, pero fui tomando mis notas despacito mientras hacía la mili en Melilla ", ha rememorado entre risas. Una vida entera depositada en un cajetín en la cámara acorazada del Instituto Cervantes, que antaño sirvió de caja fuerte para el Banco Español del Río de la Plata y el Banco Central. Un lugar privilegiado, ahora rebosante de cultura, donde tras depositar los recuerdos de toda su vida, Sacristán ha bromeado antes de cerrar con llave: " Ya no queda nada. Pues me meto yo ".
Una vez terminado el acto formal de entrega del legado, ha tenido lugar una conversación a tres en torno a la trayectoria vital y profesional del homenajeado, con David Trueba y Natalia Menénez como contertulios. Una charla ya más relajada, donde no han faltado las anécdotas : "Me gusta recordar un encuentro que tuve en Tarifa, una noche después de hacer la funci…
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