Los idiomas están desapareciendo, y el problema es político. Un nuevo libro, How to Kill a Language de Sophia Smith Galer, argumenta que el declive de las lenguas minoritarias no es simplemente un problema cultural o lingüístico, sino una consecuencia directa de las fuerzas políticas que marginan y reprimen estas lenguas. El libro explora cómo los gobiernos, las instituciones y las estructuras sociales han utilizado históricamente una serie de tácticas, que van desde la violencia física hasta los incentivos económicos, para obligar a las comunidades a adoptar idiomas dominantes, a menudo a costa de sus lenguas nativas.
Estas estrategias, según Galer, incluyen masacres, desposesión de tierras, reubicación forzada, persecución legal y vergüenza pública, junto con formas más sutiles de coerción como la presión económica y el abandono político. Galer se basa en estudios de casos de Omán, Grecia, Ecuador, Estados Unidos y Ghana, destacando los esfuerzos de las comunidades locales para resistir la asimilación lingüística.
Su narrativa se enriquece con su propia experiencia como migrante en el Reino Unido, donde fue testigo de primera mano de las presiones de la asimilación lingüística dentro de las familias inmigrantes. Este ángulo personal distingue su trabajo de los relatos anteriores, como Last Speakers de David K. Harrison y Spoken Here de Mark Abley, que se centraron más en documentar los últimos hablantes de lenguas moribundas. A diferencia de los trabajos anteriores sobre pérdida de lenguaje, como Language Death de David Crystal y Vanishing Voices de Daniel Nettle y Suzanne Romaine, que enmarcaron la extinción de la lengua a través de metáforas biológicas similares a la extinción de especies, Galer enfatiza la naturaleza política de la crisis.
Mientras que estos textos anteriores reconocían el papel de la política, a menudo evitaban el compromiso directo con las estructuras de poder sistémico, en su lugar proponían intervenciones técnicas. Desde entonces, críticos y activistas han señalado las limitaciones de tales enfoques, argumentando que el verdadero progreso requiere abordar las causas políticas subyacentes de la erosión del lenguaje. Publicaciones recientes como Speak Not de James Griffiths y Language City de Ross Perlin reflejan una creciente conciencia de las dimensiones políticas de la pérdida del lenguaje. Estas obras se alinean con el argumento de Galer de que la supervivencia del lenguaje depende de la acción política en lugar de la mera preservación lingüística.
Al tejer ejemplos históricos, activismo contemporáneo y reflexión personal, Galer ofrece un caso convincente para ver la pérdida de lengua como un fenómeno político. A pesar de la aclamación que rodea Cómo matar un idioma, el libro ha enfrentado rechazo, particularmente de voces que desafían su tesis central. Krishnan argumenta que la pérdida de lengua es el resultado de elecciones individuales en lugar de políticas coercitivas. Cita ejemplos como los pueblos indígenas que cambian a las lenguas mayoritarias por oportunidades económicas, haciéndose eco de los argumentos hechos por el lingüista Peter Ladefoged en 1992 y el comentarista político Kenan Malik en su ensayo Let Them Die.
Estas perspectivas, aunque ampliamente difundidas, han sido criticadas por ignorar décadas de trabajo académico y activista que subraya el papel de la opresión sistémica en la disminución de las lenguas. El debate sobre si la pérdida de lenguas es un proceso político o voluntario continúa dando forma a las discusiones entre académicos, activistas y legisladores. Como demuestra el trabajo de Galer, la lucha por preservar las lenguas está profundamente entrelazada con luchas más amplias por la autonomía, la identidad y la justicia. Ya sea a través de movimientos de base o reformas institucionales, el camino a seguir requerirá un compromiso político sostenido para proteger la diversidad lingüística.
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