En 2026, Chile marca dos décadas desde el surgimiento de la llamada "Revolución Pingüino", un movimiento dirigido por estudiantes que se ha convertido en emblemático de la participación juvenil en la vida pública nacional. Sin embargo, este momento está lejos del comienzo de tal compromiso. Un siglo antes, en febrero de 1925, los niños que trabajan en la Fábrica Nacional de Vidrio organizaron su propia huelga, dirigida por un comité de niños menores de doce años que presentaron demandas al gobierno regional, pidiendo aumentos salariales y el fin del maltrato por parte de los supervisores.
Ese mismo año, la Asociación Scout chilena fue declarada Institución Nacional, con miles de miembros involucrados en actividades cívicas, patrióticas, ambientales y de voluntariado. Estos primeros ejemplos revelan una larga tradición de participación juvenil en asuntos comunitarios, que precede a la más reciente Revolución Pingüino por casi un siglo. La exposición "Un siglo de voces juveniles: de los scouts, trabajadores de cristal y pingüinos" busca iluminar esta historia a través de un esfuerzo colaborativo que involucra a la Fundación Momento Ciudadano, la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales, el Museo Histórico Nacional y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.
La exposición se inauguró recientemente en esta última institución, ofreciendo a los visitantes una visión integral de cómo los jóvenes han dado forma al cambio social a lo largo del tiempo. Su argumento central es que la participación de los jóvenes en la vida pública no es un fenómeno moderno, sino más bien una característica consistente de la sociedad chilena que abarca más de un siglo. Desafía la percepción común de que dicha participación es una anomalía reciente, en lugar de destacar su diversidad y profundidad histórica. El proyecto apunta más allá de la mera educación, fomenta dos competencias históricas clave: empatía histórica y responsabilidad histórica.
La empatía histórica implica entender las decisiones pasadas dentro de su propio contexto, sin imponer valores o juicios actuales. La responsabilidad histórica, por su parte, reconoce que los niños y adolescentes siempre han sido participantes activos en la configuración de la historia, con consecuencias tanto positivas como negativas por sus acciones. Este enfoque alienta a los espectadores a reconocer la agencia de los jóvenes a lo largo de la historia, no como sujetos pasivos sino como contribuyentes activos. Reconocer la agencia juvenil no implica una aceptación acrítica o manipulación por parte de los adultos. Más bien, significa reconocer que los jóvenes han tenido, y continúan teniendo, la capacidad de influir en sus entornos.
La exposición sugiere que la formación de la ciudadanía no debe esperar hasta que los individuos alcancen la edad adulta. En cambio, debe comenzar con el reconocimiento de que los jóvenes ya han participado en la formación de la sociedad, a menudo de maneras pasadas por alto o descartadas. Esta perspectiva desafía las visiones convencionales de la educación cívica, que a menudo enmarca la participación juvenil como preparación para futuros roles como ciudadanos de pleno derecho. El registro histórico, sin embargo, muestra lo contrario: los niños y adolescentes se han involucrado constantemente en la vida pública, contribuyendo a los movimientos sociales y las iniciativas comunitarias.
La pregunta no es si les permitimos participar, sino si estamos dispuestos a apoyar, valorar y comprometernos con sus contribuciones. es reconocer que los jóvenes siempre han sido parte de la respuesta. Al confrontar estas narrativas, la exposición invita a reflexionar sobre cómo la sociedad ha respondido históricamente al activismo juvenil. También impulsa la consideración de las prácticas actuales, ya sea que fomenten o impidan dicha participación. El objetivo no es romantizar el pasado, sino reconocer su complejidad y relevancia para las discusiones contemporáneas sobre el empoderamiento de los jóvenes y el compromiso cívico.
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