El Ministerio de Salud de Chile anunció planes para incluir todos los tipos de cáncer en el sistema de garantía de salud pública del país, conocido como AUGE / GES, para 2031. El anuncio se realizó durante el primer discurso público del ministro y ha generado optimismo y escepticismo entre los profesionales de la salud, pacientes y analistas. El cáncer mata a aproximadamente 30,000 chilenos anualmente y ya es la principal causa de muerte en varias regiones.
El programa GES fue diseñado originalmente con un principio técnico claro: dar prioridad a las enfermedades que ofrecen el mayor beneficio para la salud al menor costo posible. No todos los cánceres son iguales en términos de resultados de tratamiento o requerimientos de recursos. Por ejemplo, el cáncer de mama en etapa temprana tiene altas tasas de supervivencia, mientras que el cáncer de páncreas avanzado tiene menos de un 10% de tasa de supervivencia a cinco años. Algunos tratamientos de vanguardia superan los $ 100 millones por paciente con solo resultados modestos. La incorporación de tales terapias sin una evaluación rigurosa podría poner en peligro la sostenibilidad de todo el sistema. Un problema más apremiante radica en la preparación del sistema actual para cumplir con estos nuevos compromisos.
Chile se enfrenta a graves déficits estructurales, incluyendo una escasez crítica de oncólogos, infraestructura inadecuada distribuida desigualmente en todo el país, y largas listas de espera que ya han abrumado al sistema antes de expandir las garantías. La reciente implementación de la Alerta Oncológica fue necesaria por el colapso del marco existente. La creación de una garantía legal sin abordar estos problemas subyacentes corre el riesgo de convertir las promesas en frustración y muertes evitables.
En la actualidad, cuando el sistema público no cumple con los plazos de GES, los pacientes deben administrar personalmente sus derivaciones, una carga inaceptable en oncología. El estado debe remitir inmediatamente a los pacientes a una red alternativa, ya sea pública o privada, sin requerir que los individuos luchen por sus derechos en sus momentos más vulnerables. En segundo lugar, se necesita una verdadera integración de la red público-privada. Las clínicas privadas en Chile poseen capacidad no utilizada mientras que los hospitales públicos luchan contra el hacinamiento.
Una red unificada con protocolos compartidos, registros interoperables y financiación cruzada permitiría que los recursos se utilicen en función de las necesidades del paciente en lugar de su afiliación a un sistema en particular. En tercer lugar, la descentralización del tratamiento es crucial. Los centros especializados se concentran en Santiago y algunas capitales regionales. Los pacientes de áreas como La Araucanía o Aysén enfrentan barreras insuperables si necesitan viajar cientos de kilómetros para acceder a la atención, dejando atrás el trabajo y la familia. Las garantías deben llegar a los territorios, no requerir que los pacientes viajen a ellos. En cuarto lugar, la capacitación acelerada de especialistas con incentivos tangibles para el sector público es vital.
Sin un número suficiente de oncólogos, radioterapeutas y patólogos, cualquier decreto no tiene sentido. Por último, las evaluaciones técnicas sanitarias rigurosas deben preceder a cada inclusión, asegurando que no todos los cánceres ingresen al GES de manera igual o simultánea. Si bien la dirección del anuncio es correcta y la injusticia que pretende rectificar es real, un decreto sin un sistema de funcionamiento detrás de él es simplemente una promesa.
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