Por Víctor Castillo, editor y librero en Lobo de páramo
Una amiga querida, de las amigas conversadoras de centro, me envía la última columna de Carlos Cortés en La Silla Vacía: “El primer tiempo de la segunda vuelta” .
Leo y le respondo que el análisis me parece lúcido aunque Cortés no tuvo una palabra de (auto)crítica para el centro y su millón y poquito de votos.
Mi amiga asiente y agrega: “dime, de verdad me interesa, cuáles son tus críticas al centro, que no sea la eterna queja de la tibieza, eso sí. Digo, puede ser esa, pero explicada, elaborada”.
Lo que se me ocurre –pienso– sirve a un tiempo para responderle a mi amiga y para discutir los silencios del centrocolumnista de La Silla. Entonces, ensayo aquí una crítica de coyuntura, algo así como una breve anatomía de la tibieza en la segunda vuelta presidencial.
Como alguien que alguna vez creyó y votó por los candidatos del centro –los técnicos, los mejores, los limpitos–, reconozco la soberbia que les permite sobrevolar la realidad, hacer diagnósticos certeros de los grandes problemas del país, mantenerse siempre ascépticos y, en la hora definitiva, pretender imponer decálogos a quienes los superaron diez veces en votos.
La soberbia, entonces, es la primera crítica. Tener la razón no importa qué y, sobre todo, paciencia que Roma no se hizo en un día, tener la razón para que nada cambie.
Dice Carlos Cortés: “En 2022 Petro ganó con votos de muchos colores pero gobernó para su base”. Yo me pregunto: ¿quiénes piensa Carlos Cortés –y el votante medio de centro– que conforman esa “base”?
Vamos a suponer, ya que la cuenta se hace en votos, que la base de Petro son los votantes de primera vuelta de 2022. Cortés ignora –no creo que lo ignore, lo omite– que el Pacífico y el Caribe y la Amazonía y el suroccidente de Bogotá y las lomas de los barrios duros de Medellín, Manizales, Bucaramanga…, esos barras bravas, son los colombianos más jodidos, los nadie, si se me permite la expresión de izquierda radical.
La crítica del columnista sugiere que la base, la tribuna, la bodega del partido de izquierda, es una fanaticada que aplaude como simios las ocurrencias del caudillo. Y los simios existen, desde luego, pero no son ocho millones de personas.
Que Petro gobernó para esa gente, pues sí, menos mal, una vez al siglo no hace daño.
Desde las antípodas del pensamiento, desde los límites de la razón ilustrada, “los polarizados” nos preguntamos a veces ¿en qué país creen que viven algunas de las personas en condición de centro?
El desubique es la segunda crítica que propongo. No se puede ser tibio si no se vive en el País de las Instituciones, un lugar que nadie ha visto nunca pero que los tibios aseguran que existe.
Carlos Cortés se queja de que Cepeda “no le habla al centro político, no desinfla de tajo el globo de la constituyente, no insinúa un cambio de rumbo, no asume ninguna responsabilidad”.
Lo primero y lo segundo y lo tercero ya lo hizo Iván Cepeda, no tan rápido, vale, es un animal de pasos lentos. Fatal para un político que quiere ser presidente. Me interesa lo cuarto, “no asume ninguna responsabilidad”.
Los votos de la derecha están contados, calcados, de la elección de 2022. Esa cuenta ya se hizo, Fico y Rodolfo, Abelardo y Paloma, recibieron casi los mismos votos. Si la derecha no hubiera llegado dividida, esa habría sido en todo caso su votación en primera vuelta. Iván Cepeda, por su parte, conservó y aumentó ligeramente los votos de Petro en 2022.
Los que vienen en caída libre, al menos desde hace una década, son unos señoros del centro político. Pero el que tenía que asumir responsabilidades –que también– era Cepeda.
En el párrafo final, Carlos Cortés concluye: “el legado de ambos (Cepeda y Petro) será histórico: la derrota de la izquierda y la coronación del monstruo (Abelardo el horrible)”.
Según su análisis, Paloma Valencia es una víctima de la traición del Centro Democrático y poco más, mientras que Claudia López –candidata por la que Cortés anunció su voto– sólo aparece en el momento poético de la columna, “con la lucidez que da la derrota”, para mostrarle un norte al desconcertado candidato de izquierda.
¿Algo que criticar a Valencia, autodenominada candidata de centro, por la adhesión más rápida del oeste a la campaña del monstruo –o por alguna otra razón–? Esta vez, por cuestiones de espacio, Carlos Cortés nada tuvo que reprocharle.
Sobre los otros candidatos o precandidatos (Fajardo, Oviedo, Galán y los “tecnócratas de la Gran Consulta”), igualmente nada tuvo para decir. Sergio Fajardo lleva tres elecciones presidenciales fajardeándose, Galán y Oviedo, dos, y los demás, a quién le importa. Así de irrelevantes.
Esa manera de lavarse las manos, la irresponsabilidad política, es la tercera crítica al centro. No se mojan, no se untan, ellos no tienen nada que ver en los fracasos, pero en cambio tienen el dedo índice siempre dispuesto a señalar a “los extremos”, en particular a la “izquierda radical”.
(Abro paréntesis:…
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