La política colombiana se parece cada vez más a una conversación que ocurre en otra parte. Las palabras son nuestras, los escenarios son nuestros y las preocupaciones son reales, pero buena parte de los marcos desde los cuales interpretamos el país llegan importados. No se trata de una simple circulación de ideas. Lo que observamos es algo más complejo. Asumimos conflictos ajenos como si fueran propios, copiamos símbolos que nacieron en otros contextos y terminamos leyendo nuestra realidad a través de disputas culturales producidas en territorios muy distintos al nuestro.
El antropólogo cubano Fernando Ortiz utilizó el concepto de contrapunteo para describir el encuentro, la tensión y la mezcla entre mundos culturales diferentes. Su análisis del tabaco y el azúcar mostraba que la identidad no surge de una esencia fija, sino de una relación permanente entre influencias, intercambios y disputas. El contrapunteo cultural permite entender cómo las sociedades traducen elementos externos y los incorporan a sus propias experiencias. Sin embargo, también permite observar cuándo esa traducción produce distorsiones que dificultan la comprensión de los problemas concretos de un territorio.
La disputa presidencial colombiana ofreció varios ejemplos. Uno de los más evidentes es la creciente adopción de repertorios políticos provenientes de Estados Unidos, Brasil o Argentina. Conceptos como guerra cultural, marxismo cultural, ideología woke, patriotismo conservador o restauración moral aparecen de manera recurrente en discursos, redes sociales y escenarios electorales. Muchos de esos términos nacieron en debates específicos de otras sociedades. En Colombia llegan desprendidos de las condiciones que les dieron origen y adquieren una vida propia.
El caso de Abelardo de la Espriella resulta particularmente ilustrativo. Su discurso público combina elementos del conservadurismo estadounidense, formas de comunicación propias del bolsonarismo brasileño y una estética de confrontación que recuerda las estrategias de la nueva derecha global. El resultado es una narrativa donde el país aparece amenazado por enemigos difusos, mientras la salvación se presenta mediante una reivindicación permanente de la nación, la autoridad y los valores tradicionales.
Nada de esto tendría mayor relevancia si permaneciera en el terreno de las preferencias ideológicas. El problema surge cuando esos marcos interpretativos reemplazan el análisis de las condiciones reales del país. Colombia enfrenta desafíos relacionados con la desigualdad territorial, la violencia armada, las economías ilegales, la concentración de la tierra, la precarización laboral y la fragilidad institucional en amplias regiones. Sin embargo, buena parte del debate político termina girando alrededor de batallas simbólicas importadas que poco ayudan a comprender esas realidades.
Aquí aparece una característica particular del contrapunteo cultural contemporáneo. Las redes sociales aceleran la circulación global de discursos políticos y reducen los costos de apropiación simbólica. Un dirigente puede adoptar consignas diseñadas en Florida, Buenos Aires o Madrid y convertirlas rápidamente en herramientas de movilización local. El éxito de esa operación depende menos de la precisión analítica que de la capacidad para producir identificación emocional.
En este escenario, el nacionalismo adquiere formas paradójicas. Se presenta como una defensa radical de lo propio, pero con frecuencia utiliza lenguajes, símbolos y estrategias construidos en otros países. Lo que se ofrece como afirmación de la identidad nacional termina siendo una importación cultural cuidadosamente empaquetada. La bandera, el himno o las referencias patrióticas funcionan como dispositivos emocionales que otorgan legitimidad local a narrativas producidas en circuitos políticos transnacionales.
La trayectoria pública de De la Espriella muestra con claridad esta paradoja. Su apelación constante al orgullo nacional convive con un repertorio argumentativo ampliamente conectado con agendas internacionales de derecha. La exaltación de la fuerza, la descalificación de adversarios mediante etiquetas morales y la representación de la política como una confrontación existencial forman parte de un libreto que hoy circula globalmente. Su aparente autenticidad colombiana descansa precisamente en esa capacidad de adaptar discursos externos al lenguaje cotidiano de ciertos sectores sociales.
La vulgaridad calculada cumple una función importante dentro de esta estrategia. No opera como un error de comunicación ni como una espontaneidad genuina. Constituye una forma de representación política. El lenguaje agresivo, las expresiones coloquiales llevadas al extremo y la disposición permanente al conflicto buscan construir cercanía con públicos que perciben las instituciones tradicionales como espacios lejanos o elitistas. El problema es que esa cercanía suele sustentarse en la simplificación de debates complejos.
Un elemento adicion…
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