La primera noche, Carmen cenó sola en la habitación del hotel . Había tardado años en reservar aquel fin de semana y, cuando por fin llegó, no se atrevía a bajar sola al restaurante. “Los primeros momentos los pasé casi escondida”, recuerda. “No me veía con fuerzas”. Al día siguiente se armó de valor y lo consiguió. Se sentó en una terraza con un libro. Esperaba que la gente la mirase, que pensara: “¿Pero qué hace esta señora aquí sola?”. Sin embargo, nadie la miró. “Fue casi una decepción, en el buen sentido, claro”, recuerda ahora. Carmen, que prefiere no decir su nombre real para proteger su intimidad, tiene 50 años, está divorciada y tiene dos hijos. Lleva más de una década soñando con hacer un gran viaje por su cuenta, aunque hasta ahora solo se ha atrevido con estancias breves. Como ella, hay muchas personas que pasan años deseando hacer un viaje a solas, ya sea porque no tienen pareja o simplemente para vivir la experiencia, pero nunca terminan de hacerlo. Algunas, especialmente las solteras , acaban apuntándose a los planes de otros, aunque siguen esperando a “la persona adecuada” para compartir su viaje soñado.
Pero el tiempo pasa, la persona no llega y el viaje sigue pendiente. “Veo casos así muy a menudo en consulta y suelen tener un perfil bastante definido”, explica María Bernardo , psicóloga en Madrid. “Son personas muy responsables, autoexigentes y con un estilo de vida bastante estructurado”.
Viajar no es una experiencia exenta de miedos. Hay quien tiene miedo al avión , a comer algo en mal estado o, simplemente, está inquieto porque no sabe si sabrá desenvolverse en un país del que no conoce el idioma. En el caso de las personas que fantasean con viajar solas y nunca terminan de hacerlo, “los tres miedos principales son la incertidumbre, la vulnerabilidad y la soledad emocional”, señala Bernardo. “Respecto a lo primero, el hecho de viajar solo obliga a improvisar y a decidir sin poder controlarlo todo. Estas personas suelen valorar mucho el tener el control y su mente intenta protegerse anticipando posibles escenarios (generalmente, catastróficos)”, añade. “También se sienten muy vulnerables”, continúa la psicóloga. “Les da mucho respeto ir sin red si pasa algo, tanto en lo físico como en lo emocional. Por último, la soledad emocional provoca que surjan pensamientos, inseguridades y el reproche de ‘no sé estar solo’. Si la persona tiene problemas de autoestima o apego, este miedo adquiere mucho peso”.
Ana, de 26 años, se reconoce en algunos de estos miedos: “Antes de viajar me ponía a imaginar todo lo que podía salir mal: perderme en una ciudad donde no hablo el idioma, que se me bloqueara la tarjeta y me quedara tirada, que alguien me siguiera desde el metro hasta el hotel… Era como una película en bucle de cosas malas. No es que me sintiera débil, es que pensaba que estando sola no iba a poder reaccionar igual de bien. Solo de imaginarlo me sentía muy desprotegida”, explica.
En estos casos, cualquier alternativa sirve para evitar o aplazar la escapada en solitario. “Tenía un viaje a Roma ya planificado, pendiente de reservar todo”, recuerda Ana sobre una Semana Santa. “Y, al final, acabé yendo a un pueblo de Cádiz con dos amigas porque me pudo la ansiedad. El viaje estuvo bien, pero todo el rato pensaba: ‘Podría estar en Roma’, y volví con un mal cuerpo… Como sintiendo que me había fallado a mí misma”.
La presión de unas vacaciones perfectas
Llega el buen tiempo y las redes se están llenando de viajes ajenos y perfectos. Eso hace todavía más difícil lanzarse a viajar solo. “La presión por mostrar a los demás unas vacaciones perfectas se ha intensificado muchísimo en los últimos años debido a aplicaciones como Instagram o TikTok”, explica Bernardo. De rebote, eso ha reforzado la idea (bastante tóxica) de que unas “buenas vacaciones” son las que se ven bien desde fuera: fotos de grupo, cenas compartidas, escapadas en pareja y felicidad permanente.
Para el psicólogo social y psicoanalista junguiano José Vicente Pestana, las redes han transformado la forma en la que se representa el ocio. “Las redes necesitan un contenido que dé una imagen de excepcionalidad”, explica, “con los potenciales excesos tanto de la inmensa felicidad como de aventura envidiable o peligrosa. Más que vacaciones compartidas y felices, se tiene que tratar siempre de un viaje absolutamente magnífico”.
Bernardo añade que las redes aumentan la comparación: “Si todo el mundo parece estar viviendo un verano perfecto acompañado de su pareja o sus amigos, viajar solo puede hacer que nos sintamos menos o incluso unos fracasados”, explica. “Además, las redes alimentan expectativas poco realistas, ya que parece que todos los viajes transcurren sin tiempos muertos ni momentos raros, aburridos o incómodos. Aunque los haya, lo malo rara vez se publica. Esto genera una presión adicional en la persona que viaja sola porque parece que no solo tiene que estar bien, sino que también tiene que mostrarse bien, y viajar solo, precisamente,…
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