El alcohol, primero: ingentes cantidades de líquido hasta llenarlo todo de lagunas. El cannabis, después: porros y más porros hasta adentrarse en una niebla donde ya nada se ve. Las benzodiacepinas, al final: para tratar de domar lo ingobernable.
De todo eso sabe Alejandra desde la pubertad. A esa edad en que otras comienzan a salir de casa, ella ya no sabía dónde meterse.
Este es un encuentro entre una estudiante de Psicología que sufrió abuso sexual y acabó siendo adicta a los 14 y un filósofo que, a sus 86, se puede dar el lujo de un poco de whisky a diario.
Alejandra, que hoy tiene 22 y hace seis que está limpia. Alejandra, que iba para cadáver y ahora luce una vida resucitada y una palabra arrolladora. Alejandra, que escala, estudia, retuerce hierros, lee, sonríe.
Aquí charla con el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, quien acaba de publicar La vacuna contra las adicciones (Ariel). Podría ser perfectamente la conversación de un abuelo preocupado por su nieta, pero ya leerán que es mucho más.
-Siento que he vuelto a nacer -le dirá Alejandra al final-. Estoy muy orgullosa del entorno que he creado.
-La inteligencia no consiste en no equivocarse (porque nos vamos a equivocar todos), sino en aprender de las equivocaciones.
Para saber más
Pregunta. ¿Cómo comenzó tu adicción?
Alejandra Ruiz. Es difícil marcar el inicio de una adicción, porque no está condicionada por una acción concreta, sino por la personalidad, y yo siempre tuve tendencia a determinados extremos que me llevaban a estilos de vida depresivos... A los 12 años empecé a consumir alcohol de una forma recreativa, veía que aquello me hacía sentir muy bien, me llevaba a determinadas emociones, estaba anestesiada, desinhibida. Fueron meses de mi vida que están en negro... Luego, a los 13 años, vino un salto al cannabis de la misma manera: algo lúdico con amigos. En principio, yo veía todo inofensivo, pensaba que nada malo me iba a pasar. Pero llegó un momento en que mi cerebro entendía que necesitaba aquello para sobrevivir.
P. ¿Cómo fue ese momento?
A. R. Tuve un brote psicótico con 14 años durante un verano. Me llevaron al psiquiátrico, pero conseguí engañarlos y, al final, no me ingresaron: salí de la situación pensando que estaba ilesa y que no me había pasado nada... Pero sí que acabé en la consulta de una psiquiatra y aquella mujer me recetó benzodiacepinas. Allí comenzó el descenso. Sucedió un mes de octubre: tenía todo el combo de opioides en el cuerpo y a mí me encantaba. Entonces abusaron de mí. Así comenzó una espiral de tristeza, dolor, anestesia, vacío. Y, en esa espiral, tuve una relación de amor adicto con otra persona adicta: vivía con mucha violencia. Los síntomas fisiológicos eran horribles: vomitaba sangre, estaba destrozada, me lo veía en los ojos, no tenía lustre en el pelo, pesaba cuarenta y tantos kilos, dormía horas y horas... Hay un momento en que no paraba de estar hospitalizada, porque mi cuerpo no soportaba aquello. Si hubiese seguido unos años más, no habría sobrevivido... Estuve así hasta los 16 años. Tras otro ingreso hospitalario, llegué a mi casa y al fin me dije: «No puedo más».
José Antonio Marina. Las historias son múltiples, pero creo que hay un esquema común en todas ellas. Las adicciones no son un problema, son una mala solución a un problema. Entonces lo que hay que ver es cuáles son los problemas. Es un proceso que siempre es el mismo: se empieza por un consumo lúdico o casual, muchas veces por un «No me entiendo» o un «No me entienden», esa desvinculación... ¿Por qué pasamos de un consumo agradable al abuso? El abuso se caracteriza por tener un efecto nocivo, pero el siguiente paso ya es el grave: cuando el abuso se convierte en adicción y esa sustancia se presenta como la única solución que tengo en la vida... Vivimos en una sociedad adictiva, que fomenta las adicciones. Una de las razones que dan los adictos para no quererse curar es que no saben qué van a hacer con su vida si dejan las adicciones.
"Empiezas a consumir porque te sientes bien, pero hay un momento en que lo haces para no sentirte mal"
Alejandra Ruiz, estudiante de Psicología A. R. Es algo curioso, porque hay un momento en el que empiezas a consumir porque te sientes bien, pero hay un punto en el que te levantas adicta y ya no consumes para sentirte bien, sino para no sentirte mal... Parte de mi familia ha sido adicta y mi madre sabía perfectamente lo que me estaba pasando: «Tú estás enferma», me decía. Al principio, lo ocultas, vives de mentir a los demás y empiezas a estar con personas que no son tus amigas, sino colegas de consumo.
P. ¿Cómo lo dejaste?
A. R. Yo no tenía voluntad, fue supervivencia. Veía que me estaba muriendo... Para mí, la adicción es la ausencia de voluntad, yo era absolutamente esclava de una sustancia, yo no tenía libertad de elección... ¿Por qué crees tú, José Antonio, que una persona abre una ventana a la esperanza y otra no?
J. A. M. Se dice de una persona que «No tiene voluntad» como sinónimo de que es culpab…
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