En un ambiente acostumbrado a romances fugaces, separaciones escandalosas y tapas de revistas que registraron infidelidades y reconciliaciones, la historia de amor entre Carlitos Balá y Martha Venturiello fue una rareza . No porque estuviera exenta de dificultades o desafíos, sino porque eligió el camino menos estridente: el de la compañía silenciosa, la construcción cotidiana y la fidelidad a un proyecto compartido.
Durante más de sesenta años, mientras generaciones enteras crecían escuchando sus frases, imitando sus gestos y soñando con ser elegidas para pasar por el chupetómetro, el hombre que se convirtió en el gran referente del entretenimiento infantil argentino regresaba cada noche al mismo hogar. Allí estaba Martha, la mujer que había conocido mucho antes de que la popularidad transformara su vida para siempre .
Cuando Carlos Balá murió el 22 de septiembre de 2022 , a los 97 años, el país despidió a un artista irrepetible. Pero también se cerró una de las historias de amor más largas y discretas del espectáculo argentino.
Nace una estrella
Mucho antes de ser famoso, había sido Carlos Salim Balaá . Nació el 13 de agosto de 1925 en el barrio porteño de Chacarita. Hijo de inmigrantes libaneses, creció en una familia trabajadora donde el esfuerzo cotidiano era una regla inquebrantable. Su padre tenía una carnicería y esperaba que el muchacho siguiera un camino seguro, alejado de las incertidumbres del mundo artístico .
Sin embargo, desde chico mostró una inclinación irresistible hacia el humor. Le gustaba hacer imitaciones, inventar personajes y provocar risas entre familiares y amigos. Aquella capacidad natural para encontrar el costado absurdo de la realidad lo acompañaría durante toda su vida. Pero convertirse en artista no parecía una posibilidad concreta .
Como tantos jóvenes de su generación, buscó estabilidad laboral. Consiguió empleo como oficinista en una compañía de seguros y trabajó durante años detrás de un escritorio. Cumplía horarios, llevaba papeles de un lado a otro y aparentaba llevar una vida común. Pero puertas adentro alimentaba otro sueño. Por las noches participaba en pequeños concursos para aficionados , escribía rutinas humorísticas y trataba de hacerse un lugar en un ambiente ferozmente competitivo.
La oportunidad empezó a tomar forma en la década de 1950. Integró brevemente un trío humorístico llamado Los Tres..., donde comenzó a pulir recursos que más tarde serían distintivos de su carrera. Poco a poco fue comprendiendo que su humor no residía en la burla agresiva ni en la grosería, sino en la inocencia, el juego de palabras y la complicidad con el público.
Flechazo mutuo
Mientras esa vocación artística daba sus primeros pasos, ocurrió algo que cambiaría definitivamente su vida. Conoció a Martha. Años después, Balá contaría que se trató de un flechazo inmediato . No hubo estrategias elaboradas ni grandes escenas cinematográficas. Simplemente la vio y sintió que aquella mujer tenía algo especial.
Martha, discreta y ajena al mundo del espectáculo, tampoco imaginaba que ese joven simpático terminaría convirtiéndose en uno de los artistas más populares del país. Comenzaron a salir cuando él todavía luchaba por abrirse camino . No había contratos importantes ni programas propios. Tampoco reconocimiento masivo. Existían, sí, incertidumbres económicas y una profesión que muchas familias consideraban poco seria. Ella decidió acompañarlo igual.
Carlitos y Martha Balá se casaron en 1962 Matías Salgado Quizás esa sea una de las claves para entender la fortaleza de la pareja: Martha conoció a Carlos antes del éxito. Se enamoró del hombre común , del empleado administrativo que soñaba con hacer reír. El 21 de mayo de 1962 se casaron. A partir de entonces construyeron una vida juntos marcada por la reserva. Mientras otras figuras convertían su intimidad en espectáculo, ellos eligieron protegerla.
Poco después del casamiento llegó el gran despegue profesional. La televisión argentina atravesaba un período de expansión y necesitaba nuevos talentos. Balá apareció con una propuesta distinta: humor blanco , personajes entrañables y una capacidad extraordinaria para conectar con los chicos sin subestimarlos. Programas como “El clan de Balá”, “Balabasadas”, “El circo mágico de Carlos Balá” y “El show de Carlos Balá” lo transformaron en una verdadera institución nacional.
Creó expresiones que pasaron al lenguaje cotidiano. “¿Qué gusto tiene la sal?”. “Más rápido que un bombero”. “Un kilo y dos pancitos”. “Eaeapepé”. “Un gestito de idea”. “Angueto quédate quieto”. Millones de argentinos las repitieron durante décadas. Su popularidad trascendió la pantalla. Filmó trece películas, realizó giras interminables, encabezó espectáculos teatrales y se convirtió en uno de los artistas más convocantes del país. Los chicos lo adoraban y los padres confiaban en él. En una industria que muchas veces apelaba al doble sentido o a la provocación, Balá eligió otro camino. Nunca abandonó la ternura .
Y llegó “El…
Read the full article at La Nación →