En el corazón de la Argentina rural, una tradición que floreció con la llegada del yuyero, un herbolario itinerante que llevaba cestas llenas de hojas, semillas, raíces, corteza y frutas. Estos individuos eran más que meros vendedores; eran custodios de conocimientos antiguos, transmitiendo remedios arraigados en la sabiduría indígena mucho antes de que la influencia europea diera forma a la medicina moderna. Un artículo reciente publicado por La Nación ha revivido el interés en estas 16 hierbas medicinales que alguna vez fueron objeto de fascinación y reverencia entre las comunidades rurales.
El yuyero era una figura familiar en las plazas y mercados de las aldeas, su presencia marcada por el llamado rítmico de su voz. Sus productos incluían hierbas conocidas por sus propiedades digestivas, diuréticas y calmantes. Una de esas hierbas, el romero o romero, se usaba comúnmente en infusiones para ayudar a la digestión. Según Florencio Molina Campos, un destacado escritor y etnógrafo, el yuyero poseía una comprensión empírica de los remedios a base de plantas, basándose en generaciones de experiencia.
La práctica de usar hierbas medicinales en América del Sur se remonta a siglos, con registros tempranos que aparecen en obras como Historia medicinal que trata de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, escrita por Nicolás Monardes en 1574. Este texto documentó los usos terapéuticos de las plantas nativas traídas del Nuevo Mundo. Más tarde, en 1710, el padre Pedro Montenegro compiló ideas de la cultura Guarani en Materia médica misionera, ofreciendo orientación práctica sobre la cosecha y aplicación de estas plantas. Para 1837, el medicinal Recetario del Dr. Mandouti se había convertido en un recurso ampliamente consultado, consolidando aún más el papel de la medicina tradicional en la vida cotidiana.
Entre las dieciséis hierbas mencionadas en el artículo de La Nación, varias destacan por su continua relevancia: el poleo, un tipo de tomillo, a menudo se recomienda para problemas respiratorios, mientras que la carqueja, un verde frondoso, sirve como remedio para la inflamación.
Florencio Molina Campos, en su obra El yuyero de las sierras, hizo hincapié en el papel del yuyero como puente entre el pasado y el presente. Escribió que el yuyero no era simplemente vender bienes, sino compartir el conocimiento transmitido a través de tradiciones orales. Sus descripciones pintaban una imagen vívida del yuyero que llega a caballo, cargado de hierbas aromáticas, y recibido con admiración por la gente del pueblo que confiaba en su experiencia. El yuyero era un símbolo de resistencia y continuidad, preservando las prácticas ancestrales incluso cuando la modernidad invadió la vida rural. En tiempos contemporáneos, el legado del yuyero persiste, aunque en formas modificadas.
Mientras que menos viajeros deambulan por el campo con cestas de hierbas, muchas familias continúan usando remedios tradicionales, mezclándolos con la atención médica moderna. Algunos herbolarios han convertido sus conocimientos en negocios, ofreciendo consultas y productos basados en recetas ancestrales. Otros permanecen anónimos, atendiendo tranquilamente a los enfermos en sus hogares, como lo hicieron sus predecesores antes que ellos. La popularidad duradera de estas hierbas subraya una memoria cultural que se niega a desvanecerse, incluso cuando las nuevas generaciones buscan formas alternativas de conectarse con la naturaleza y la historia.
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