La reciente oleada de infernos en el mundo real ha provocado un renovado interés en los marcos simbólicos y éticos que una vez guiaron el conflicto humano. Desde la Bahía de Guantánamo hasta las guerras en curso en Afganistán, Irak, Irán, Gaza, Ucrania, Sudán y el Sahel, la guerra moderna ha abandonado cada vez más los códigos estructurados de la antigüedad en favor de estados perpetuos de emergencia. Estos conflictos, impulsados por líderes como Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Vladimir Putin, han reemplazado el derecho internacional con la lógica de la fuerza disfrazada de necesidad.
La retórica de la seguridad se ha convertido en la justificación final, permitiendo a los gobiernos suspender las protecciones legales, bombardear a las poblaciones civiles, criminalizar a los disidentes y desplazar a millones, todo bajo la vaga amenaza de un enemigo indefinido. Este cambio marca un alejamiento de los antiguos principios que gobernaban la guerra. En la Ilíada de Homero, incluso las batallas más brutales estaban limitadas por un código de honor, con héroes que se reconocían entre sí, observaban treguas y se adherían a los ritos funerarios. Aunque la crueldad estaba presente, había límites impuestos por la voluntad divina y las normas sociales. Hoy, sin embargo, estos límites se han erosionado.
Los conflictos modernos se libran sin objetivos claros, a menudo enmarcados como amenazas existenciales que requieren una aniquilación total en lugar de una resolución negociada. El resultado es un paisaje donde la justicia se suspende, y la noción misma de responsabilidad se socava. La tradición filosófica ofrece un contrapunto a esta realidad. En la Divina Comedia de Dante Alighieri, el infierno no es simplemente un lugar de castigo, sino una profunda exploración del fracaso moral. El círculo más profundo del infierno está reservado no para los violentos, sino para los traidores, que rompen los lazos de confianza esenciales para la convivencia humana.
Dante no congela la ira, sino la traición, sugiriendo que el pecado más grave no es el acto en sí mismo, sino la violación silenciosa de promesas, leyes y derechos. Esta idea resuena en la mitología griega, donde Odiseo viaja a través de su propia oscuridad interior, enfrentando la tentación, el orgullo y la confusión antes de emerger transformado. Su viaje es uno de doloroso autodescubrimiento, una lección de moderación y responsabilidad. La cultura española, heredando estas tradiciones, desarrolló su propia arquitectura moral. La era barroca española, influenciada por figuras como Quevedo y Calderón, enfatizó la posibilidad de reconocer la culpa y obtener el perdón.
Calderón escribió, "Los sueños son sueños, sin embargo el despertar de Sigismundo simboliza un renacimiento ético: sólo aquellos que reconocen su capacidad de hacer daño pueden gobernar con justicia. En este punto de vista, el infierno no es únicamente punitivo, también es un espejo, que refleja la necesidad de arrepentimiento y redención. Advierte que el mal, en su forma deshumanizante, conlleva consecuencias, y por lo tanto, el remordimiento tiene significado. El concepto de Purgatorio, según lo definido por el historiador medieval Jacques Le Goff, representa una distinción crucial entre los sistemas morales cerrados y abiertos.
Donde no hay purgatorio, hay condenación eterna o inocencia absoluta; donde lo hay, existe un tercer espacio, una condición de vida, como lo describió el Papa Juan Pablo II, donde la culpa se convierte en responsabilidad y la responsabilidad conduce a la reparación. Este espacio es comunitario, visible y transformador, rechazando el secreto y la amnistía a favor de la curación colectiva. Sin embargo, en los tiempos contemporáneos, con leyes de impunidad y acuerdos negociados, este modelo ha sido en gran medida olvidado. El mundo de hoy, moldeado por líderes que priorizan el poder sobre los principios, ha construido verdaderos infiernos sin espacio para el purgatorio. Las guerras no se libran para la resolución, sino para la destrucción.
El lenguaje de la seguridad se ha convertido en la excusa definitiva, permitiendo la suspensión de los derechos, el ataque a civiles y la supresión de la oposición. A medida que el viejo truco del estado de excepción se normaliza, el estado de derecho se desvanece en irrelevancia. En este contexto, las lecciones del pasado, del reconocimiento, la responsabilidad y la reconciliación, son más urgentes que nunca.
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