Una nueva ley destinada a proteger los derechos y promover la inclusión de los adultos mayores ha provocado discusiones sobre cómo la sociedad ve el envejecimiento y su impacto en la vida de los individuos. La legislación propuesta busca abordar los desafíos que enfrenta la población mayor, particularmente en áreas como el empleo, la participación social y el acceso a los servicios. Sin embargo, más allá de los marcos legales, existe un problema más profundo: la internalización de estereotipos relacionados con la edad, conocidos como "autoageismo", que pueden afectar significativamente tanto a la salud mental como a la física.
El fenómeno de autoageismo se refiere a cuando las personas mayores adoptan creencias negativas sobre sus capacidades debido a las expectativas sociales que rodean el envejecimiento. Esta limitación autoimpuesta a menudo resulta en niveles reducidos de actividad y peores resultados de salud. La investigación realizada por Becca Levy, investigadora de la Universidad de Yale, destaca esta preocupación. Su estudio, publicado en 2002 y seguido durante 23 años, encontró que los adultos mayores que tenían percepciones más positivas del envejecimiento vivieron aproximadamente siete años y medio más que aquellos con perspectivas negativas.
Estos hallazgos subrayan los efectos tangibles del envejecimiento internalizado, lo que sugiere que impone costos reales a los sistemas de salud y representa cargas evitables. Chile, al igual que muchos países de todo el mundo, está experimentando cambios demográficos que requieren un cambio de perspectiva con respecto al papel de los adultos mayores en la sociedad. A medida que aumenta la esperanza de vida, también lo hace la necesidad de reconocer las valiosas contribuciones que las personas mayores aportan a través de su experiencia y juicio. La tendencia actual de empujar a los adultos mayores a la jubilación los elimina de la participación activa en la sociedad, lo que podría conducir a una pérdida de conocimientos y habilidades que podrían beneficiar a las comunidades.
Incorporar a los adultos mayores en varios aspectos de la vida no es simplemente un acto de compasión, sino una necesidad para construir una sociedad más inclusiva. Requiere alejarse de las suposiciones sobre lo que los individuos mayores pueden o no pueden hacer. Esta integración comienza con desafiar las narrativas que sugieren que ciertas actividades ya no son adecuadas para los ancianos. Al hacerlo, la sociedad puede fomentar entornos en los que los adultos mayores se sientan valorados y capaces de contribuir de manera significativa. La discusión sobre estos temas se extiende más allá de la formulación de políticas y toca actitudes sociales más amplias hacia el envejecimiento.
Se requiere un esfuerzo colectivo para remodelar las percepciones y crear espacios donde los adultos mayores no sean vistos solo como receptores de atención, sino como participantes activos en la configuración del futuro. Las iniciativas educativas, las políticas en el lugar de trabajo y los programas comunitarios juegan un papel crucial en esta transformación. Ayudan a romper las barreras que impiden que las personas mayores participen plenamente en las esferas social, económica y política. Mirando hacia el futuro, la implementación de la nueva ley probablemente involucrará la colaboración entre agencias gubernamentales, organizaciones civiles y entidades del sector privado.
Estas partes interesadas deben trabajar juntas para garantizar que las disposiciones de la legislación se traduzcan en beneficios prácticos para los adultos mayores. Esto incluye el desarrollo de infraestructura accesible, la revisión de las prácticas de empleo y la mejora de los sistemas de apoyo que atiendan a las diversas necesidades de la población que envejece. A medida que continúa el debate, queda claro que abordar los desafíos asociados con el envejecimiento requiere más que una acción legislativa.
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