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La drástica caída de la natalidad en Chile no responde a una sola causa, sino a una combinación de factores económicos, laborales, culturales y de género que han transformado las decisiones sobre maternidad y paternidad. Justo cuando el gobierno lanza el plan Chile Renace y forma una comisión de expertos para tratar el tema, la autora de esta columna plantea que «si el país desea generar condiciones favorables para quienes sí desean formar una familia, el camino parece claro: mejorar el acceso a vivienda, fortalecer los sistemas de cuidado, ampliar la cobertura de salas cuna, promover la corresponsabilidad en la crianza y avanzar hacia condiciones laborales compatibles con la vida familiar».
Imagen de portada: Maribel Fornero / Agencia Uno
Durante las últimas semanas han proliferado los titulares que intentan responder una misma pregunta: ¿cómo llegó Chile a registrar una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo? Las cifras son contundentes. Actualmente el país presenta una tasa global de fecundidad cercana a 0,99 hijos por mujer, una de las más bajas a nivel internacional y muy próxima a las observadas en Corea del Sur y Singapur.
Se trata de un fenómeno particularmente llamativo para un país que aún se encuentra en vías de desarrollo. Sin embargo, más allá de la preocupación que generan las cifras, resulta interesante preguntarse qué tienen en común sociedades que, a primera vista, parecen tan distintas cultural, histórica y socialmente.
Las respuestas son complejas y no existe una única explicación. No obstante, Chile, Corea del Sur y Singapur comparten una serie de transformaciones estructurales que permiten comprender mejor esta tendencia.
Uno de los elementos más evidentes es el aumento sostenido de los costos asociados a la vida familiar. En los tres países, acceder a una vivienda, financiar la educación, costear el transporte y sostener los cuidados de niños y niñas representa una carga económica cada vez mayor para las familias.
En Chile, un estudio del Ministerio de la Mujer y UNICEF estimó que el costo mensual de la crianza alcanza aproximadamente los $595.000. De ese monto, cerca de $383.000 corresponden a bienes y servicios y más de $211.000 al costo del tiempo destinado al cuidado. La cifra resulta especialmente importante si se considera que una parte importante de los hogares vive con ingresos que apenas permiten cubrir las necesidades básicas.
La situación habitacional constituye otro factor relevante. Según el Centro de Estudios Inmobiliarios de la ESE Business School de la Universidad de los Andes, cerca del 80% de las familias chilenas enfrenta dificultades para acceder a una vivienda propia. El aumento sostenido de los precios inmobiliarios, las mayores tasas de interés y salarios que no han crecido al mismo ritmo han convertido la vivienda en una meta cada vez más difícil de alcanzar.
Podemos debatir si estas razones son suficientes para explicar la caída de la fecundidad, pero resulta difícil ignorar que las nuevas generaciones enfrentan condiciones objetivamente más complejas para construir proyectos familiares estables . La posibilidad de acceder a una vivienda propia, mantener un empleo seguro y proyectar una trayectoria económica predecible parece cada vez más distante para amplios sectores de la población.
En Corea del Sur y Singapur, por ejemplo, diversos estudios han demostrado que el acceso a la vivienda y la estabilidad laboral se encuentran estrechamente vinculados a las decisiones sobre matrimonio y maternidad. Aunque los contextos son distintos, en Chile comienzan a observarse dinámicas similares, especialmente entre los sectores medios urbanos, caracterizados por altos niveles de endeudamiento y creciente precarización laboral.
A esta realidad se suma una profunda crisis de los sistemas de cuidado. Las listas de espera para acceder a salas cuna continúan siendo elevadas y la oferta disponible resulta insuficiente para responder a la demanda existente. Esta situación adquiere especial relevancia si se considera que el 42,1% de las familias con niños y niñas pequeños tiene una mujer como principal sostenedora económica del hogar.
¿Qué se supone que deben hacer las familias cuando no existen suficientes salas cuna y cuando los horarios escolares son incompatibles con las jornadas laborales? La respuesta suele recaer sobre las mujeres.
Los avances en educación y participación laboral femenina constituyen otro elemento central para comprender este fenómeno. En Chile, más de la mitad de quienes ingresan a la educación superior son mujeres. Esta transformación ha ampliado las oportunidades de desarrollo profesional, autonomía económica y construcción de proyectos de vida propios.
Las mujeres cambiaron, pero muchas de nuestras instituciones sociales no lo hicieron al mismo ritmo. Persisten expectativas culturales que continúan asignando a las mujeres la mayor responsabilidad sobre las tareas domésticas y de cuidado, incluso cuando participan plenamen…
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