El mundo de par en par
La pensadora y profesora en Oxford, centinela de la privacidad en internet, escruta en 'Profecía' la obsesión humana por las predicciones y su instrumentalización hoy por los oráculos de Silicon Valley: "Muchas son órdenes camufladas de descripciones"
Daniel Arjona Madrid
Actualizado Viernes,
19
junio
2026
-
00:14
Jeanne Calment nació en 1875 en Arles (Francia) y llegó a venderle lápices de colores y lienzos a Van Gogh , a quien recordaba "feo como un piojo". Se casó, tuvo una hija, un nieto. Los años pasaron y todos se fueron muriendo. Al cumpir los 90 y no tener herederos, su notario, André-Francois Raffray , le ofreció un trato: le pagaría 2.500 francos mensuales (unos 450 euros de entonces) hasta su fallecimiento a cambio de quedarse entonces con su piso en la rue Gambetta. Parecía un gran negocio, aquella anciana no podía durar mucho. Pero la señora Calment tenía otros planes. Cumplió 100 años y aún montaba en bicicleta. Llegó a los 110 y aseguró que, al haberse hecho famosa, pensaba disfrutarlo "tanto como fuera posible" . En 1995, tras pagar durante más de 30 años más del doble de lo que costaba un apartamento en el que nunca vivió, Raffray murió a los 77. "A veces se hacen malos negocios", comentó Calment, que siguió recibiendo sus cheques de la viuda del notario, fumando y comiendo un kilo de chocolate a la semana. El 4 de agosto de 1997, a los 122 años y 164 días, Jeanne Calment se despidió finalmente del mundo. Es considerada la persona más longeva de la Historia.
"La vida es impredecible, y lo es por igual de maneras maravillosas y trágicas, en lo mundano y en lo extraordinario. La gente hace planes y los dioses se ríen ", defiende la filósofa hispano-mexicano-británica, y profesora en Oxford, Carissa Véliz en su nuevo libro: Profecía: lecciones sobre el uso y abuso de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta la IA (Debate). Véliz es una de las más beligerantes defensoras mundiales de la privacidad en internet, de la que se ocupó en su primer título, el superventas Privacidad es poder (2021) y ahora ha escrito un tratado imaginativo y fascinante que propone toda una ética de la inteligencia artificial a través de la historia de la obsesión humana por adelantarse al futuro .
Para saber más
Como dijo, no está muy claro si fue Niels Bohr, ¿predecir es muy difícil, especialmente el futuro? Efectivamente, el futuro no está escrito. Y entonces, cuando predices, ocurre algo que puede ser bastante engañoso, porque suena como si estuvieras describiendo el mundo, pero en realidad lo que estás haciendo es otra cosa. Depende del contexto, de las intenciones y del tipo de predicción. Muchas predicciones en realidad son órdenes que se camuflan de descripciones. Cuando yo te digo que mañana vas a utilizar inteligencia artificial para todo, puede parecer que estoy diciendo algo sobre el futuro, pero en realidad lo que estoy haciendo es tratar de influir en tu comportamiento. Las predicciones no tienen que ver con el conocimiento, sino con el poder, como Trasilo demostró al emperador Tiberio. ¿Nos equivocamos al pensar que la búsqueda del conocimiento es la gran ambición de nuestra especie? No exactamente. Creo que sí nos interesa el conocimiento, pero desafortunadamente a menudo nos interesa más el poder. Mostrarnos demasiado ingenuos y pensar que, cuando alguien hace una predicción, siempre tiene que ver con conocer, desde luego es un error. Sobre todo si consideramos que una predicción nunca será un hecho. Puede ser muchas cosas, y en el mejor de los casos una hipótesis, una estimación basada en la experiencia, en fundamentos, pero nunca es un hecho. Los hechos pertenecen al pasado y el futuro no ha sucedido. Confiamos en los números porque no nos fiamos de las personas, defiende en su libro. Si la manía por traducir toda la realidad en números fue el pecado de la Ilustración, ¿cuál será nuestra penitencia? Las penitencias son varias. Una es la desconfianza entre las personas. Es muy importante que en una democracia haya cierta confianza entre los ciudadanos, y en particular entre los ciudadanos que no se conocen. Cierta amistad cívica. Porque, al final, la desconfianza erosiona el tejido social con números o sin ellos. Y la penitencia también es perder aquello que no podemos cuantificar y que, por lo tanto, tendemos a menospreciar. Lo más importante de la vida, como las relaciones sociales o el placer, en realidad no es cuantificable. Y cuando nos centramos demasiado en los números, perdemos la perspectiva de lo que importa. Sin embargo, parece que la mente humana está especialmente mal dotada para la probabilidad. ¿Rebelarnos contra la probabilidad como Dostoievski o Dickens, y olvidar la ley de los grandes números, no nos hace más vulnerables a la manipulación? Sí. Yo no sugiero que no le hagamos caso a los números, que prescindamos de la estadística, sino que tengamos un entendimiento más profundo de qué estamos haciendo cuando aplicamos la estadística, y sobre todo, de…
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