«¿Quieres ver mi cabaña?», pregunta la escritora francesa Julia Malye . A los pies de las montañas del Jura suizo, a las afueras del remoto pueblo de Montricher en el que apenas hay un colmado, el albergue Deux Sapins y el bar Lyon d'Or, que lleva cerrado algún tiempo, se esconde un bosque literario de cabañas suspendidas, solo que no en los árboles . Bajo una gran pérgola de hormigón, como si fuera un cielo con huecos que se dirían nubes o los claros de las copas de los árboles, se extiende una pequeña aldea de arquitectura hipermoderna diseñada por el estudio Mangeat-Wahlen como si fuera una prolongación del Jura con cierto aire de ciencia ficción.
Julia abre la puerta de su cabaña de acero blanco, con puntos y líneas tatuados sobre el metal, un código morse que reproduce una cita del Walden de Thoreau sobre la vida en los bosques: «Más allá de la simplicidad, desnudez» . El interior no podría ser más sobrio y ascético, pero cálido. La sensación de cabaña es total: todo es madera, incluida una celosía neoarabesca que separa el pequeño dormitorio. «Escribir aquí es increíble, muy inspirador» , dice la moradora, que escribió su primer libro, La fiancée de Tocqueville , a los 15 años, pero a quien el público español ha conocido por su reciente Louisiana (Salamandra).
Habla un perfecto español porque, aunque sea parisina, una serie de casualidades la llevaron a sacarse el carnet de conducir en... Granada. «Fue la mejor escuela de idiomas. Si no aprendía rápido, podía atropellar a alguien», ironiza. Desde su mesa frente a un gran ventanal, la ladera del Jura parece entrar en la cabaña y fundirse con el idílico campo suizo, con balas de paja aquí y allá. A lo lejos, asoma una casa de madera de estilo campestre. Es la de Vera Michalski-Hoffman , la mecenas que puso en marcha la Fondation Michalski en honor a su marido fallecido, Jan, editor de Noir sur Blanc.
Nuestra primera guía por el retiro literario más cool de Europa prepara un té y se sienta para continuar su nueva novela, que transcurre entre París y la isla griega de Tinos. Afuera, siguiendo un camino pavimentado entre flores silvestres cual sendero entre las cabañas/árboles, se llega a la plaza principal, con su cafetería y una de las emblemáticas esculturas de Jaume Plensa : la silueta de un hombre arrodillado formada por letras de distintos alfabetos, Le voleur de mots ( El ladrón de palabras ). La directora de la fundación, Natalia Granero , y la responsable de Comunicación, Aurélie Baudrier , reciben a los primeros invitados del festival Bibliotopia , que este año gira en torno a la locura. «Este es nuestro gran evento anual. Entendemos la literatura en un sentido amplio . No solo aparece al abrir un libro, también entra por los ojos y las orejas. Además de exposiciones, organizamos recitales, sesiones de cine y todo tipo de eventos, siempre con la literatura en el centro», explica Granero, que nació y creció en Ginebra pero cuyos padres son de origen español.
Para saber más
Más que una residencia de escritores, la Fondation Michalski se erige como un centro cultural en medio de los interminables campos poblados por vacas pastando y caballos. Una postal digna de Heidi. En las coquetas carreteras salpicadas de amapolas prácticamente hay más tractores que coches. Hasta que la fundación abrió sus puertas en 2013 -aunque las residencias literarias no empezarían hasta 2017-, el principal reclamo del pueblecito de Montricher era la Fromagerie Gourmande, que produce algunos de los mejores quesos del Vaud, como el gruyère suizo. «¡Oh, la Fromagerie! Aún recuerdo el olor a leche concentrada y las vacas a dos metros», habla Miquel Barceló desde Barcelona.
La literatura también se escribe a pinceladas y, en 2025, el artista realizó una exquisita exposición titulada Autofictions , casi una retrospectiva que releía su obra desde los libros: empezaba con un autorretrato del joven Barceló colocado cual díptico junto al retrato del poeta Miquel Bauçà, mallorquín como él. «Le conocía desde niño, era un poeta muy singular. De él aprendí lo que es la universalidad: una ensaimada puede ser un símbolo de Mallorca o contener el cosmos entero, ser el big bang ». Y se apasiona hablando de los bellos (y exigentes) versos de Bauçà. «Qué curioso que sea en Suiza, en un microlugar como la fundación, donde se apueste por la poesía más minoritaria, por la literatura más radical... ¡Y en todas las lenguas! Allí descubrí cosas inauditas . Parece que no pueda existir un lugar así, es como un invento de Borges», cuenta en su mallorquín natal.
Pérgola de hormigón diseñada por el estudio suizo Mangeat-Whalen como una prolongación del bosque del Jura. LEO FABRIZIO
Lejos de las grandes plazas donde suele exponer, Barceló prestó obras de su colección particular para su exposición en Michalski, como sus raros libros pintados que apenas suele mostrar: algunos parecen hallazgos arqueológicos sacados del fondo del mar, otros son una escultura en sí. «Hice esta exposición solo por el placer…
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