Martha Abdallah Pastrana
Por: Martha Abdallah Pastrana*
El 21 de junio vamos a hacer algo que nadie va a confesar en voz alta: vamos a votar sabiendo. No con fe. No con esperanza renovada. Con los ojos abiertos sobre lo que hay, sobre lo que costó, sobre lo que ese nombre que vamos a marcar hizo o no hizo o dejó hacer. Y lo vamos a votar igual.
Eso no tiene un nombre bonito. Pero tiene un nombre honesto: es el voto de quien ya no puede darse el lujo de la pureza.
Durante años hemos construido una ficción cómoda: que el problema es que nos engañan. Que si supiéramos la verdad, elegiríamos diferente. Mentira. Esta vez sabemos.
Sabemos del que avaló lo que no debía porque el consenso de la sala así lo exigía. Sabemos del que deslegitimó instituciones por cálculo y luego les pidió que lo salvaran cuando el cálculo le falló. Sabemos del que llegó prometiendo romper el sistema y terminó siendo administrado por él. Sabemos del que se abrazó en tarima con quien ayer destruía, convencido de que el poder otorga amnesia colectiva.
No la otorga. El poder solo acumula facturas.
Y aun así, el 21, uno de ellos va a recibir nuestro voto.
Nadie va a revelar su inventario. Si usted fuera su jefe de campaña tampoco lo haría. Las campañas no se ganan confesando; se ganan administrando la narrativa del olvido hasta que el elector decida que ya es suficiente pasado y que toca mirar hacia adelante. Ese es el negocio. Siempre ha sido ese el negocio.
Entonces la pregunta no es si van a hacer el inventario en público. No van a hacerlo. La pregunta es si lo hicieron en privado. A solas. Sin asesores. Sin la narrativa de contexto que explica por qué cada decisión fue en realidad la menos mala. Si hubo un momento, uno solo, en que se sentaron frente al costo real de lo que hicieron y lo miraron sin rebajas.
Eso no lo sabemos. No podemos saberlo. Y sin embargo tenemos que decidir. Si puedes mirar, mira. Si puedes ver, repara.
Nosotros vamos a tener que mirar sin poder ver. Vamos a tener que apostar, con información incompleta y pasado completo, a que algo de lo que vivieron les quebró las rodillas en privado. Que el autoengaño se volvió demasiado costoso en algún punto. Que gobernará desde lo que aprendió y no desde lo que sobrevivió.
No es fe ciega. Es algo más difícil: es fe con inventario propio.
Porque ahí está lo que nadie dice en esta campaña: el elector colombiano también tiene su inventario. También avaló. También calló. También eligió el mal menor tantas veces que el mal menor se volvió el estándar. También aplaudió en el momento equivocado y guardó silencio en el momento en que hacía falta hablar. También firmó, con cada voto y con cada abstención, el contrato que le permitió a esta clase dirigente llegar al 21 con el archivo que trae.
El voto lúcido que vamos a emitir el 21 no es una traición a nuestros principios. Es el único acto de lucidez que nos queda cuando el sistema no produjo mejores opciones. Y negarlo sería la mayor trampa de todas.
El pasado no es una foto que se borra. Es un piano que se carga en la espalda. Colombia el 21 no elige quién no carga piano. Elige entre pianos. Y va a elegir sin saber si quien lo carga aprendió algo del peso, o simplemente contrató mejores cargadores.
Esa incertidumbre no desaparece el día de las elecciones. Nos acompaña los cuatro años siguientes.
Lo único que podemos hacer, lo único honesto que nos queda, es votar sabiendo lo que sabemos, exigiendo desde el primer día con la memoria intacta, y no sorprendernos ni callar cuando vuelva a pasar lo que ya sabíamos que podía pasar.
El inventario que no hicieron ellos en público, lo hacemos nosotros en privado cada vez que marcamos el tarjetón. Esa es nuestra incomodidad. Y también, si somos honestos, nuestra única forma de seguir participando en un país que nos exige
Elegir dentro de lo que hay.
Toca. Con todo lo que sabemos, con todo lo que pesa, toca.
Reparar no es un acto de caridad. Es pagar lo que se debe, con los intereses que la realidad decida cobrar. Colombia está a días de decidir si por fin empieza a cobrar.
* Martha Abdallah Pastrana actualmente Socia y Directora de Asuntos Públicos, UVP&A. Dirigió la Oficina de Asuntos Políticos y Relaciones con el Congreso de cinco Ministros de Hacienda. Asesora de la DIAN. Reconocida como una de las principales consultoras en asuntos gubernamentales del país.
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