Polonia ha celebrado una ceremonia solemne de conmemoración de las víctimas de una matanza masiva llevada a cabo por nacionalistas ucranianos durante la Segunda Guerra Mundial, con motivo del 81 aniversario del llamado Domingo Sangriento. En el evento en Raduz, cerca de la frontera con Ucrania, el presidente Karol Nawrocki, miembro del partido nacional conservador de Polonia, denunció las atrocidades cometidas contra civiles polacos, incluidas mujeres y niños, por el Ejército Popular de Ucrania (UPA).
Los asesinatos tuvieron lugar el 11 de julio de 1943, cuando los partidarios de la UPA lanzaron ataques contra más de 100 aldeas polacas. La violencia resultó en la muerte de decenas de miles de polacos y judíos en 1945. Este período, conocido como el Domingo Sangriento, se convirtió en uno de los capítulos más oscuros de la historia polaca, simbolizando el exterminio sistemático de la población civil por parte de grupos nacionalistas que operan bajo estructuras paramilitares respaldadas por los soviéticos. El evento sigue siendo un tema profundamente sensible en la sociedad polaca, particularmente dadas las tensiones políticas en curso entre Polonia y Ucrania.
La controversia en torno a la UPA se ha intensificado en los últimos meses, alimentada por la percepción de que sus miembros todavía se celebran en partes de Ucrania como héroes por su resistencia contra el gobierno soviético. Esta opinión contrasta fuertemente con la narrativa histórica en Polonia, que considera a la UPA como responsable de las masacres de guerra. La disputa alcanzó nuevas alturas cuando el presidente Nawrocki revocó el más alto honor de Polonia, la Orden del Águila Blanca, del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky. La decisión siguió a la concesión de Zelensky del apodo de "Héroes de la UPA" a una unidad militar, una medida que muchos en Polonia vieron como un intento de glorificar a los perpetradores de la guerra.
En respuesta, varios políticos ucranianos devolvieron sus condecoraciones polacas como señal de protesta. El gesto resalta la brecha cada vez mayor entre las dos naciones, a pesar de su estrecha alianza dentro de la OTAN y la Unión Europea. Mientras tanto, los funcionarios polacos han tratado de equilibrar las quejas históricas con el compromiso diplomático. El primer ministro Donald Tusk, que ha estado trabajando para aliviar las tensiones, anunció planes para construir un muro conmemorativo con una llama eterna. La estructura llevará los nombres de todas las víctimas identificadas de los conflictos en Ucrania a lo largo del siglo XX, incluidos los muertos durante la Segunda Guerra Mundial.
Tusk hizo hincapié en que los muertos no deben permanecer sin nombre, subrayando el compromiso de Polonia de recordar su pasado al tiempo que insta a ambas partes a evitar que el odio dicte el futuro. Sus comentarios reflejan un esfuerzo más amplio para reconciliar las narrativas históricas sin socavar las alianzas actuales. El memorial propuesto tiene como objetivo servir como un espacio compartido de recuerdo en lugar de un lugar de confrontación política. A medida que continúan las discusiones, el enfoque sigue siendo la mejor manera de honrar a las víctimas sin exacerbar las divisiones existentes. El debate sobre el legado de la UPA ilustra la compleja interacción entre la verdad histórica, la identidad nacional y la política contemporánea.
Con ambos países navegando por este terreno delicado, el camino a seguir probablemente dependerá de si pueden encontrar un terreno común en el reconocimiento del pasado mientras fomentan el respeto mutuo.
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