En los últimos años, el panorama económico mundial se ha polarizado cada vez más, con fuertes contrastes surgiendo entre los segmentos más ricos de la sociedad y el resto de la población. Esta disparidad no es simplemente una cuestión de desequilibrio financiero, sino que refleja problemas estructurales más profundos que afectan el tejido mismo de la cohesión social y la sostenibilidad ambiental. En el corazón de esta discusión está el concepto de la "Economía del Bien Común", una visión articulada por la economista Mariana Mazzucato en su publicación de 2026 * The Common Good Economy: A New Compass *.
Esta idea desafía los paradigmas económicos tradicionales y exige un replanteamiento radical de cómo funcionan las economías, enfatizando el bienestar colectivo sobre el beneficio individual.
Según los informes, las 500 personas más ricas del mundo acumularon un récord de $ 2.2 billones solo en 2025, mientras que más de dos mil millones de personas se enfrentaron a una inseguridad alimentaria moderada o severa. Estas estadísticas destacan un abismo creciente entre los ricos y los pobres, lo que subraya la necesidad de una reforma sistémica. La organización benéfica Oxfam International, con sede en Nairobi, estima que los ultra ricos en los países de altos ingresos extraen aproximadamente $ 30 millones por hora de las naciones de ingresos bajos y medios, donde reside aproximadamente el 85% de la población mundial. Tales cifras ilustran el impacto desproporcionado de las políticas económicas en el sur global, exacerbando las desigualdades existentes.
Los fondos públicos se desvían cada vez más hacia los gastos militares, que alcanzaron los asombrosos $ 2.7 billones en 2024. Esta asignación de recursos subraya una tendencia preocupante en la que las preocupaciones de seguridad nacional eclipsan las iniciativas de bienestar social. Las inversiones gubernamentales en las llamadas "soluciones de alta tecnología" están dirigidas predominantemente hacia industrias asociadas con el conflicto y la degradación ecológica, perpetuando ciclos de explotación y daño ambiental.
El trabajo de Mazzucato se basa en sus contribuciones anteriores a la comprensión de la evolución tecnológica y el papel del gobierno en el fomento de la innovación. Su argumento postula que las crisis ambientales y sociales actuales se derivan de un modelo económico centrado en la extracción y carente de una supervisión democrática significativa. Al abogar por un cambio hacia una economía de bien común, propone un enfoque transformador que prioriza la acción colectiva y las prácticas sostenibles sobre los beneficios a corto plazo.
Su crítica se extiende a los supuestos fundamentales de la economía neoclásica, que a menudo enmarca la dinámica del mercado como inherentemente beneficiosa y autorregulada. En cambio, Mazzucato se basa en las ideas del historiador económico Karl Polanyi, destacando cómo los mercados están socialmente construidos y con frecuencia perjudiciales para los intereses comunales. A través de esta lente, ilustra cómo las estrategias corporativas enfocadas en maximizar el valor para los accionistas han llevado a importantes asignaciones erróneas de recursos, como los miles de millones gastados en recompras de acciones en lugar de inversiones productivas.
Además, Mazzucato enfatiza la importancia de redefinir el éxito en términos económicos, alejándose de métricas estrechas como el PIB para abarcar medidas holísticas de bienestar. Esto incluye reconocer el valor intrínseco de la naturaleza y la comunidad, inspirándose en filosofías indígenas como el concepto quechua de *sumak kawsay*, que promueve la armonía con el medio ambiente y las relaciones sociales equilibradas.
Al integrar diversas perspectivas, desde la sabiduría indígena hasta la teoría política contemporánea, Mazucato aboga por una estrategia integral que une el discurso teórico con la implementación práctica. Su visión fomenta un enfoque participativo para la formulación de políticas económicas, asegurando que las reformas sean inclusivas y respondan a las necesidades de todos los miembros de la sociedad. A medida que el mundo se enfrenta a desafíos complejos, el llamado a la colaboración y la responsabilidad compartida se vuelve cada vez más crítico para dar forma a un futuro resiliente y equitativo.
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