Los monzones han llegado a Calcuta, asentando el polvo y transformando la ciudad en una fábula gasa. Desde el asiento de la ventana de su dormitorio de la infancia, la escritora se extiende con un diario Moleskine y bolígrafos de color, observando el paisaje verde lluvioso afuera. La palabra bengalí para lluvia, brishti, lleva una calidad musical, evocando el ritmo del agua que cae a través del aire y las hojas. La escena está marcada por la presencia de numerosos loros posados entre los árboles, sus vibrantes picos rojos brillando intermitentemente contra el follaje verde. Bajo el dosel, los árboles de krishnachura florecen con flores rojas brillantes, parecidas a los picos de los loros de arriba.
La escritora recuerda cómo su padre a menudo se paraba en esta misma ventana, las manos cruzadas detrás de su espalda, contemplando la vegetación durante un período específico de tiempo cada día. Su consejo, "mantener unos minutos para mirar los árboles", fue uno de sus recordatorios más frecuentes, enfatizando la importancia de los placeres simples como beber agua, caminar y observar la naturaleza. Estos hábitos reflejan una vida vivida con simplicidad y atención, rasgos que parecen hacer eco en toda la casa, donde los recuerdos permanecen en forma de vibraciones, polvo y los sonidos ambientales de la lluvia. El concepto de la muerte se cierne fuertemente en la narrativa, particularmente a través de la lente del Rubaiyat de Omar Khayyam.
El versículo 71, que dice, "Envié mi alma a través de lo invisible, alguna carta de esa otra vida para deletrear / Y después de muchos días mi alma regresó / Y dijo, "He aquí, yo mismo soy el cielo y el infierno", resuena profundamente con el escritor. Este versículo encapsula la naturaleza paradójica de la existencia, sugiriendo que la otra vida no es un destino fijo sino más bien un reflejo de uno mismo. La fascinación de la escritora con la muerte comenzó temprano, marcada por una profunda conciencia de su inevitabilidad. De niña, lidió con la idea de una otra vida, viéndola como una pregunta en lugar de una respuesta.
Esta perspectiva dio forma a su comprensión de la mortalidad, destacando la tensión entre lo conocido y lo desconocido. Su primer encuentro con la muerte se produjo alrededor de los seis o siete años, cuando falleció un querido miembro de la familia. La experiencia dejó una impresión duradera, particularmente la vista de la lana de algodón colocada en las fosas nasales del difunto, un símbolo crudo de la transición de la vida a la muerte. A medida que se desarrolla la narrativa, la escritora reflexiona sobre la interacción entre la vida y la muerte, trazando paralelos entre experiencias personales y temas existenciales más amplios. El legado de sus antepasados es palpable, con objetos transmitidos a través de generaciones que sirven como conexiones tangibles con el pasado.
Entre estos artículos se encuentra una preciada primera edición del Rubaiyyat de Omar Khayyam, un libro que tiene tanto significado histórico como personal. Sus páginas amarillentas y su robusta columna vertebral hablan de la naturaleza perdurable de la literatura y la memoria. En 2015, la escritora se encontró inmersa en una exploración más profunda de estos temas, tratando de comprender la intrincada relación entre la vida, la muerte y la condición humana. Este viaje la llevó a volver a visitar las obras de Omar Khayyam, cuyos versos continúan provocando pensamiento e introspección.
Las reflexiones del escritor subrayan la complejidad de la existencia humana, donde los momentos de claridad y confusión coexisten, dando forma a nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
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