La tierra que no conocía la paz se ha convertido en un símbolo de la lucha duradera y la resiliencia cultural, según el Dr. Mujib Abid, un erudito cuyas reflexiones rastrean la compleja interacción de la agitación política y la tradición espiritual en Afganistán.
Mientras Afganistán se prepara para conmemorar su Día de la Independencia, Abid argumenta que la verdadera fuerza del país radica en su herencia espiritual premoderna, particularmente las tradiciones sufíes que han florecido durante mucho tiempo en las comunidades rurales. Abid describe su infancia como una marcada por una agitación constante. Vivió los años caóticos de la guerra civil de la década de 1990, cuando el extremismo religioso se afianzó, y más tarde fue testigo del impacto de la ocupación liderada por Estados Unidos, que compara con la influencia soviética anterior.
La década de 1980 se caracterizó por el surgimiento de movimientos marxistas-leninistas, lo que llevó a una violencia y inestabilidad generalizadas. En la década siguiente, los talibanes surgieron como una fuerza dominante, imponiendo una interpretación estricta del Islam que alienaba a muchos afganos. La llegada de las tropas occidentales en 2001 trajo nuevos desafíos, con políticas y valores percibidos como intrusivos e incompatibles con las costumbres locales. Estas intervenciones, sugiere Abid, han contribuido a una división cada vez mayor entre el estado y la población en general, dejando a muchos sintiéndose desconectados de sus raíces culturales.
El centro del argumento de Abid es la idea de que la sociedad afgana siempre ha estado profundamente arraigada en una forma más orgánica de espiritualidad, una que es anterior a los movimientos políticos modernos y está basada en tradiciones sufíes centenarias. Él enfatiza que estas tradiciones, en lugar de ser herramientas de resistencia o sumisión, ofrecen un camino hacia la paz interior y la armonía comunal. El sufismo, explica, se caracteriza por su enfoque en el crecimiento espiritual personal, la visión mística y una conexión profunda con lo divino. A diferencia de los dogmas rígidos promovidos por facciones políticas, las enseñanzas sufíes fomentan la introspección, la compasión y una comprensión holística de la existencia.
Este enfoque, sostiene Abid, ha permitido a muchos afganos mantener un sentido de continuidad a pesar de las interrupciones causadas por la guerra y el dominio extranjero. Abid recurre a recuerdos personales para ilustrar este punto. Recuerda la devoción de su abuelo, quien recitaba regularmente Dalāil al-Khayrāt, una colección venerada de oraciones y virtudes. Su abuela, por su parte, era un devoto seguidor del santuario Shah Samad Pir Yakhpush, un sitio asociado con un santo sufí local. Incluso su educación temprana en la mezquita del pueblo estaba impregnada de la poesía de Hafiz, un poeta persa del siglo XIV conocido por su exploración lírica del amor y la espiritualidad.
Estas experiencias, dice, le ayudaron a dar forma a su visión de que la verdadera fe no radica en la lealtad política sino en una relación más profunda e intuitiva con lo divino. Señala además que la tradición sufí se ha mantenido resistente porque no depende del poder institucional o la autoridad política. En cambio, prospera en entornos informales, reuniones familiares, festivales de pueblo, momentos tranquilos de reflexión. Esta naturaleza descentralizada hace que sea difícil para los gobiernos o actores externos controlarla o cooptarla. Como resultado, el sufismo continúa sirviendo como una fuerza unificadora entre los afganos, ofreciendo un contrapeso a las narrativas divisivas promovidas por grupos políticos competidores.
Mirando hacia el futuro, Abid expresa la esperanza de que las generaciones futuras sigan inspirándose en estas antiguas tradiciones. Cita las obras de poetas como Farid ud-Din Attar, Rumi y Bedil Dehlavi como ejemplos de riqueza literaria y espiritual que pueden guiar al pueblo afgano hacia la curación y la renovación. Para él, el viaje de regreso a una forma más auténtica del Islam no es simplemente un ejercicio nostálgico, es un paso necesario para restaurar la dignidad, la estabilidad y el significado en una nación que ha soportado tanto.
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