El terremoto, que tuvo su epicentro cerca de San José del Palmar en el departamento de Chocó, aproximadamente a 400 kilómetros al oeste de Bogotá, se sintió en gran parte del país, incluidas ciudades como Cali, Pereira, Armenia y Manizales. El desastre ha dejado a los hospitales luchando para hacer frente a la afluencia de pacientes, con siete hospitales principales en Cali gravemente dañados y incapaces de acomodar a los recién llegados.
Los equipos de rescate lograron extraer con vida a siete personas del hospital, trabajando cuidadosamente para evitar más daños estructurales mientras buscaban en los pisos tercero, cuarto y quinto del edificio y en una habitación reforzada en el quinto piso. El terremoto ocurrió a las 7:34 hora local, con una profundidad de 96 kilómetros, y duró alrededor de cuatro minutos.
La situación empeoró a medida que las líneas de comunicación se cortaron en algunas de las áreas más afectadas, lo que dificultó a las autoridades evaluar el alcance total del daño y el número de víctimas. El gobierno declaró el estado de emergencia, suspendiendo los vuelos en seis aeropuertos, incluidos Pereira y Manizales, donde se derrumbó la torre de la catedral. La autoridad marítima descartó cualquier amenaza de tsunamis a lo largo de la costa del Pacífico.
Un caso notable fue el de Daniela Largo, una mujer de 32 años rescatada después de haber estado atrapada bajo los escombros de un hotel en Pereira durante 36 horas. Su rescate requirió una excavación extensa, suministro de oxígeno a través de una máscara y romper cuatro capas de concreto. Fue encontrada gracias a una pequeña cámara utilizada por los rescatistas después de una súplica de ayuda escuchada por un vecino. A pesar de la siniestra cifra, hubo momentos de esperanza y solidaridad, con comunidades que se unieron para ayudarse entre sí en medio del caos. Sin embargo, las preocupaciones sobre el posible saqueo llevaron a la imposición de toques de queda nocturnos en las áreas afectadas.
El impacto del terremoto se extendió más allá de los daños físicos inmediatos, revelando desigualdades profundamente arraigadas dentro del país. Ciudades como Quibdó, ubicada en la históricamente empobrecida región de Chocó, se enfrentaron a severos desafíos exacerbados por las disparidades socioeconómicas existentes. La región, conocida por su biodiversidad y ricos recursos naturales, sufre altas tasas de pobreza, lo que hace que la recuperación sea aún más desalentadora. Mientras tanto, Cali, una ciudad con una gran población afrocolombiana, sufrió la peor parte del desastre, destacando la interconexión de los patrones de migración y la vulnerabilidad a los desastres naturales.
El sistema de salud se vio particularmente afectado, con el Hospital Universitario de Cali obligado a evacuar a más de 600 pacientes debido al colapso de sus salas pediátricas y neonatales.
Con la reapertura de varios aeropuertos y la restauración gradual de la normalidad, el camino a seguir seguía siendo incierto, pero la resiliencia del pueblo colombiano brillaba en medio de la devastación.
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