Markus Specht, un médico especializado en investigación del sueño, argumenta que la idea de necesitar ocho horas de sueño cada noche es anticuada y engañosa. En una entrevista, explica cómo la comprensión moderna del sueño desafía las suposiciones tradicionales, enfatizando en cambio la importancia del sueño reparador adaptado a las necesidades individuales. Sus ideas surgen en medio del creciente interés científico en cómo el sueño afecta la salud en general, con investigadores que destacan su papel crítico en las funciones corporales y el bienestar mental.
Señala que la noción de requerir exactamente ocho horas de sueño se originó en estudios tempranos que midieron la duración del sueño utilizando métodos rudimentarios. Estos estudios, señala, no tuvieron en cuenta las variaciones en la calidad del sueño o las diferentes etapas del sueño necesarias para la recuperación. Como resultado, la guía de ocho horas se convirtió en un estándar, a pesar de la evidencia que sugiere que algunas personas funcionan bien con menos sueño, siempre que mantengan suficiente profundidad y consistencia en su descanso. Este debate sobre los requisitos de sueño ha ganado fuerza en los últimos años, particularmente con el aumento de la tecnología portátil que rastrea los patrones de sueño.
Dispositivos como los relojes inteligentes monitorean los ciclos de sueño de los usuarios y proporcionan retroalimentación, a veces fomentando duradas de sueño más cortas. Sin embargo, los expertos advierten que tales dispositivos pueden contribuir inadvertidamente a la ansiedad del sueño, especialmente cuando destacan las deficiencias percibidas. Este fenómeno ha llevado a un aumento de informes de estrés y dificultad para conciliar el sueño, incluso entre individuos que pueden no estar privados de sueño. Catia Reis, investigadora del sueño en la Universidad de Lisboa, ha observado tendencias similares en su trabajo.
Su investigación pone de relieve la falta de coincidencia entre la autoevaluación de la somnolencia y las mediciones objetivas. Por ejemplo, las personas que creen que están durmiendo lo suficiente pueden experimentar deterioro cognitivo o fatiga debido a ciclos de sueño interrumpidos o sueño profundo insuficiente. Reis enfatiza que el cerebro, que juega un papel central en la regulación del sueño, requiere un descanso constante y de alta calidad para funcionar de manera óptima. Ying-Hui Fu, investigadora del sueño en la Universidad de California en San Francisco, agrega que el sueño no es simplemente un proceso pasivo, sino que implica interacciones complejas dentro del cerebro.
Fu explica que el sueño ayuda a eliminar las toxinas acumuladas a lo largo del día, genera nueva energía y apoya el aprendizaje y la memoria. Según Fu, el sueño es solo superado por el aire y el agua en términos de su importancia para la supervivencia. Sin un sueño adecuado, el cuerpo corre el riesgo de acumular sustancias dañinas, deteriorar la función de los órganos y aumentar la vulnerabilidad a las enfermedades. La investigación de Fu también toca la existencia de "dormidos cortos naturales", individuos que requieren significativamente menos sueño que la persona promedio pero permanecen sanos y activos. Estos casos raros sugieren que la genética puede desempeñar un papel en la determinación de las necesidades de sueño.
Un ejemplo notable es un hombre de 80 años que continúa compitiendo en triatlones a pesar de dormir menos de seis horas por noche. Fu y su equipo identificaron variaciones genéticas en genes como DEC2 y ADRB1 que pueden contribuir a esta capacidad única de prosperar con un sueño mínimo. Estos hallazgos desafían la sabiduría convencional y subrayan la complejidad de la ciencia del sueño.
En cambio, abogan por enfoques personalizados que priorizan la calidad sobre la cantidad, asegurando que los procesos de restauración ocurran de manera efectiva. La discusión en torno al sueño se extiende más allá de la salud personal a las políticas públicas y las prácticas en el lugar de trabajo. Los políticos y líderes empresariales que afirman funcionar con un sueño mínimo a menudo se enfrentan a un escrutinio, ya que sus hábitos pueden establecer precedentes peligrosos. La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, por ejemplo, ha declarado públicamente que duerme entre cero y tres horas por noche mientras está en el cargo.
Aunque su estilo de vida puede reflejar un énfasis cultural en la productividad, los expertos argumentan que la privación prolongada de sueño plantea serios riesgos para la salud, incluido el deterioro cognitivo y las enfermedades crónicas.
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