Un nuevo libro titulado Sembrar futuros ha surgido como una respuesta crítica al creciente dominio de los sistemas algorítmicos y su impacto en la sociedad. El trabajo, escrito por Eurídice Cabañes, explora las fracturas dentro del sistema capitalista digital, rastreando sus raíces desde la extracción de coltan en las minas hasta los centros de datos hambrientos de energía que consumen vastos recursos. Critica cómo las principales compañías de tecnología manipulan la atención, modelan los cuerpos y se benefician de la intimidad personal. Publicado por Ariel el 2 de septiembre, el libro ofrece un llamado urgente a la resistencia y propone formas alternativas de recuperar la memoria, descolonizar el tiempo y redirigir la innovación hacia la vida, el cuidado y el bienestar colectivo.
InfoLibre publicó una vista previa, enfatizando la idea de que el futuro no es algo que nos sucede, es algo que todavía podemos plantar. El texto presenta un análisis crudo de cómo la retórica basada en el miedo se utiliza para justificar la exclusión y la violencia contra grupos marginados que ya han perdido derechos básicos. A medida que más personas enfrentan la erosión de las protecciones fundamentales, estas narrativas se alejan de los problemas sistémicos como la inseguridad de la vivienda. En su lugar, enmarcan a las poblaciones vulnerables, como las personas sin hogar, los refugiados climáticos y los migrantes, como amenazas para la estabilidad social.
Esta estrategia desvía la preocupación pública de los verdaderos culpables: las instituciones financieras y las élites poderosas que se benefician del status quo. Al hacerlo, legitima el aumento del gasto en medidas de seguridad al tiempo que socava la acción colectiva destinada a reformar estructuras injustas. En los últimos períodos de frío, esta dinámica se ha vuelto visible en entornos urbanos. En los aeropuertos, los trabajadores han comenzado a requerir tarjetas de embarque para ingresar a las instalaciones, y un miembro del personal explica que la medida tiene como objetivo evitar la entrada de "vagabundos". Mientras tanto, la policía y los trabajadores de saneamiento han obligado a las personas sin hogar a entregar sus refugios de cartón, un acto presenciado por observadores de primera mano.
En la plaza del mercado Barceloneta de Barcelona, un aviso dejado en el suelo informaba a los transeúntes que alguien había muerto de exposición esa semana. El cuerpo nunca fue reclamado, y la persona pereció sola. Estos incidentes ilustran un patrón más amplio: en lugar de no apoyar a los más vulnerables, el sistema contribuye activamente a su muerte a través de lo que el autor describe como "necropolítica", un término que destaca cómo ciertas vidas son sistemáticamente borradas o descartadas.
Los afectados por la injusticia son constantemente retratados como amenazas para el orden social, mientras que aquellos que los despojan de sus derechos son enmarcados como defensores de la estabilidad. Sin embargo, el verdadero peligro no radica en los individuos que intentan sobrevivir, sino en las fuerzas estructurales y culturales que los deshumanizan. La sociedad ha internalizado la noción de que algunas muertes son irrelevantes, permitiendo que la maquinaria de explotación continúe sin control. Estas muertes se cuentan como daños colaterales, aceptadas como práctica rutinaria. Las políticas necropolíticas justifican su borrado y marginalización, promoviendo narrativas de escasez mientras enriquecen a la élite rica. El libro argumenta que el miedo no debe dictar nuestras prioridades.
En su lugar, debemos confrontar los mecanismos que despojan a la humanidad de los que se consideran prescindibles. A través de actos de resistencia y solidaridad, sugiere, podemos comenzar a reconstruir un mundo donde la supervivencia no es un privilegio sino un derecho. La publicación de Sembrar futuros marca un paso hacia ese objetivo, ofreciendo tanto un diagnóstico de las crisis actuales como una visión de lo que aún podría ser posible.
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