El 22 de junio de 2026, el escándalo sanitario relacionado con la clordecona, que afecta desde hace décadas a las poblaciones de las Antillas, llegó a una conclusión decisiva. El Tribunal de Apelación de París confirmó la inexistencia de una investigación penal relacionada con el uso de este pesticida tóxico en las regiones ultramarinas.
El clordecón, clasificado desde 1979 como un posible agente cancerígeno, se utilizó ampliamente en las plantaciones de plátanos de las Antillas desde 1972, a pesar de sus efectos nocivos para la salud humana. Siguió aplicándose hasta 1993, aunque su uso fue prohibido en la metrópoli desde 1990. Este pesticida, muy persistente en el suelo, puede permanecer hasta 600 años y ha provocado una contaminación masiva que afecta a más del 90% de la población adulta de las islas de Guadalupe y Martinica, según la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria (Anses).
Las consecuencias sanitarias son graves, con casos de trastornos neurológicos, cáncer y otras patologías relacionadas con la contaminación ambiental.
Los abogados de las víctimas, entre ellos Rachid Madid, Olivier Tabone, Christophe Lèguevaques y Harry Durimel, reaccionaron violentamente a esta decisión, calificándola de "día oscuro" y de "negación de justicia", afirmando que los contaminadores gozan de una inmunidad. Su frustración se ve exacerbada por el hecho de que los jueces de instrucción parisinos ya se habían negado, en 2023, a llevar a cabo una investigación penal.
Harry Durimel, también alcalde de Pointe-à-Pitre, afirmó que las pruebas presentadas muestran que la jurisprudencia de la Cour de cassation podría ser favorable a su causa.
Dos importantes figuras políticas también reaccionaron: Marie Toussaint, eurodiputada ecologista, denunció la decisión como una "claque a la cara", subrayando la ausencia de justicia para las víctimas.Pidió la creación de un tribunal especial para juzgar estas infracciones, consideradas como criminales.Por otro lado, Lilith, miembro del colectivo Diasporas solidarias con las víctimas del encierro colonial (Dsavec), recordó que las víctimas nunca han sido consultadas ni escuchadas por las autoridades judiciales, lo que alimenta un sentimiento de abandono y desprecio.
Las asociaciones y los militantes locales, como el colectivo Lyannaj pou dépolyé Matinik, también expresaron su enojo. Philippe Pierre-Charles, portavoz del colectivo, acusó a los jueces de no haber llevado a cabo una investigación en el lugar, afirmando que la decisión refleja una continuidad colonial. Yvon Sérénus, presidente del Colectivo de Trabajadores Agrícolas, declaró que la decisión emana de una lógica política más que de la justicia misma.
Ante esta situación, las partes civiles están preparando ahora una acción en casación, con la intención de ir más lejos, incluso en Europa. La lucha por la justicia continúa, pero parece que las víctimas deben contar con su resistencia y perseverancia para hacer oír su voz. La cuestión de la responsabilidad de las empresas y de las autoridades locales permanece abierta, y la comunidad internacional sigue de cerca los desarrollos de este asunto complejo y simbólico.
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