El ejército de Myanmar atacó un monasterio budista en la región central de Sagaing el viernes, matando al menos a 14 personas e hiriendo a otras 20, según un grupo de oposición y residentes locales. El ataque tuvo como objetivo a un grupo de monjes y laicos que participaban en un retiro de meditación de una semana en el monasterio en el pueblo de Swel Le Oh, municipio de Myaung, aproximadamente a 75 kilómetros al oeste de Mandalay. El ataque marca otro capítulo sombrío en el conflicto en curso entre el ejército y las fuerzas pro-democracia, que se ha intensificado desde el golpe de estado de 2021.
El ataque se desarrolló poco después del amanecer, cuando un avión de combate arrojó dos bombas dentro de una ventana de 15 minutos, golpeando el complejo del monasterio y las estructuras adyacentes.
El incidente subraya la dependencia continua de los militares en el bombardeo aéreo como una estrategia contra las amenazas percibidas. Esta táctica se ha vuelto cada vez más común en los últimos meses, particularmente en áreas donde se concentra la resistencia armada. Los militares han justificado previamente estas acciones alegando que solo atacan a combatientes legítimos, aunque los críticos argumentan que tales ataques a menudo resultan en víctimas civiles. El uso de aviones de bajo costo, como parapentes motorizados y giroscópteros, también ha generado preocupación internacional, ya que estas plataformas permiten ataques más frecuentes e impredecibles.
El informe, emitido por el Mecanismo de Investigación Independiente para Myanmar (IIMM), documentó un patrón de escalada de la violencia que condujo a las elecciones de diciembre y enero, con ataques que persisten incluso después de que se cerraron las urnas. El ejército aún no ha respondido oficialmente a esta evaluación, a pesar de los repetidos llamados a la transparencia. Las autoridades locales, incluidos representantes de la Organización de Defensa Civil y Seguridad del municipio de Myaung, corroboraron los detalles del ataque.
Nway Oo, un portavoz de la organización, declaró que el bombardeo resultó en múltiples muertes y heridos, enfatizando la vulnerabilidad de los lugares no combatientes en el conflicto actual. Mientras tanto, los medios de comunicación independientes, incluido el servicio de lengua birmana de la BBC y Myanmar Now, han publicado fotografías y imágenes de video que muestran las secuelas del ataque, que muestran restos carbonizados de edificios y cuerpos entre los escombros. A pesar de los informes generalizados, el ejército ha permanecido en silencio sobre el incidente, manteniendo su postura de que todas las operaciones se adhieren estrictamente a las reglas de compromiso.
Esta falta de reconocimiento oficial ha alimentado aún más el escepticismo sobre la legitimidad de las afirmaciones militares con respecto a los ataques dirigidos. La situación refleja las tensiones más amplias en Myanmar, donde la junta gobernante continúa enfrentando una creciente presión tanto de los movimientos de resistencia internos como de la condena internacional. A medida que persiste el conflicto, el impacto humanitario se vuelve más severo, con informes de creciente desplazamiento y pérdida de vidas. El ataque al monasterio se suma a una creciente lista de incidentes que destacan la necesidad urgente de rendición de cuentas y diálogo.
Sin una solución inmediata a la vista, la atención se centra en las consecuencias de las acciones militares y en la resistencia de los que se ven atrapados en el fuego cruzado.
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