En julio de 2026, una mujer llamada Soledad Ortiz de Rosas notó a un perro sentado tranquilamente en la acera cerca de la esquina de Juana Azurduy y Avenida Cabildo en el barrio de Núñez. A primera vista, pensó que el animal estaba perdido. Lo que no se dio cuenta entonces fue que este encuentro marcaría el comienzo de un viaje que abarcaría más de una década. El perro, más tarde llamado Chicho, era reactivo y requería paciencia, pero Soledad creía que podía ayudarlo a encontrar una nueva vida. Se acercó a él, llamó su nombre, y juntos cruzaron la avenida. Ese día marcó el comienzo de una transformación que llevaría a Chicho mucho más allá de las calles de Buenos Aires.
Soledad se había mudado recientemente sola a su apartamento, y después de pasar algún tiempo con Chicho mientras trataba de localizar a su familia a través de los medios de comunicación, decidió adoptarlo. Esta decisión vino con sus desafíos. La transición de la vida callejera a la vida doméstica resultó difícil para Chicho, especialmente cuando se trataba de cambios en la dieta. Un incidente dejó una impresión duradera: su reacción a la comida resultó en un lío en todo el apartamento, incluso en la cama. Fue un bautismo de fuego, pero también una señal del ajuste que necesitaba hacer. El comportamiento de Chicho pronto reveló capas de complejidad.
Sus amigos comenzaron a llamarlo "Chichén", un apodo enraizado en el humor oscuro debido a sus reacciones intensas. A pesar de los intentos de varios entrenadores para controlar su comportamiento, el progreso fue lento. Sin embargo, un logro significativo fue su reducida agresión hacia las bicicletas, que resultaría crucial en los próximos años.
Los expertos sugieren que la reactividad de Chicho se deriva de múltiples factores, incluyendo predisposición genética, experiencias negativas tempranas y sensibilidad emocional. El veterinario y conductista canino Baltazar Nuozzi explicó que estos comportamientos pueden ser influenciados por estímulos ambientales, como movimientos repentinos, ruidos fuertes y objetos desconocidos. Estos elementos pueden desencadenar miedo o ansiedad en perros con una mayor conciencia emocional.
Durante su relación de larga distancia de un año y medio, Chicho se quedó con la madre de Soledad y una vecina amable que lo paseó junto a su propio perro, Canela. Eventualmente, la pareja se casó, y la familia planeó mudarse a Europa. Para facilitar la transición de Chicho, organizaron que viajara en la bodega de carga del transportador más grande disponible, lo que le permitió rotar libremente durante el vuelo. Después de aterrizar en Frankfurt, la familia condujo a Hamburgo, evitando el estrés de vuelos adicionales. La vida en Alemania trajo nuevos desafíos para Chicho.
Las estrictas regulaciones y el entorno desconocido agregaron más factores a su lista de miedos, incluidos los monopatines eléctricos, los patinadores, los patos, los gansos y las vacas. Además, Chicho desarrolló una severa ansiedad por separación, lo que le hizo llorar y ladrar durante horas cuando lo dejaron solo. Afortunadamente, la paciencia de sus vecinos alemanes ayudó a la familia a navegar por estas dificultades. A pesar de los obstáculos iniciales, Chicho se adaptó gradualmente a su nuevo entorno. Su viaje desde las calles de Buenos Aires a las ciudades de Alemania refleja tanto la resistencia del animal como la dedicación de quienes lo rodean.
Cada paso dado por Chicho, desde cruzar una avenida en Argentina hasta adaptarse a la vida en Europa, fue moldeado por el apoyo y la comprensión de aquellos que decidieron ayudarlo en el camino.
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