La sexóloga Ana Sierra se ha pronunciado en contra de la obsesión moderna por medir la sexualidad, advirtiendo que este enfoque corre el riesgo de reducir el placer a una actuación. En una entrevista reciente, enfatizó que la pregunta clave que a menudo se pasa por alto es si los individuos realmente disfrutaron de sus experiencias.
La gente no solo cuenta estos encuentros, sino que también los clasifica, creando una jerarquía donde ciertos actos parecen más valiosos que otros. Esta lógica de desempeño está profundamente ligada a las nociones tradicionales de masculinidad, aplicadas a la intimidad. A medida que las personas cuentan puntos y se comparan, se olvidan de la pregunta esencial: ¿Realmente importó? Uno de los principales malentendidos en la sexualidad es creer que lo que uno hace explica cómo se siente. Desde el exterior, observamos frecuencia, prácticas, juguetes, orgasmos o deseo aparente. Sin embargo, la salud sexual no está determinada únicamente por lo que hacemos, sino por dónde lo hacemos, por nuestra experiencia interna.
El orgasmo femenino ha sido tratado durante mucho tiempo como algo ignorado o secundario, con la sexualidad enmarcada en torno al deseo masculino, la penetración y el clímax. Durante décadas, el placer de la mujer fue marginado y la narrativa se centró en la satisfacción masculina. Sin embargo, el orgasmo femenino conlleva una paradoja. Si bien alguna vez fue silenciado, algunas discusiones contemporáneas lo enmarcan como una nueva obligación.
Muchas mujeres solían sentirse obligadas a fingirlo; ahora, algunas creen que deben lograrlo y disfrutarlo de forma natural. Sin embargo, cambiar las expectativas no significa liberación. El placer no requiere demandas adicionales, pero sí requiere permiso. La tecnología ha desempeñado un papel en la remodelación de las conversaciones en torno al placer femenino. La película The Pleasure Is Mine, inspirada en la historia de Michael y Brigitte Lenke, creadores del primer estimulador de presión de aire del clítoris conocido como Pleasure Air, marca un punto de inflexión en la historia del placer femenino. Este invento introdujo una nueva forma de estimulación y colocó el clítoris, el órgano principal del placer femenino, en el centro de la discusión.
Durante demasiado tiempo, había sido ignorado por las narrativas tradicionales. Hoy en día, hay una amplia gama de tecnología íntima disponible. Aunque tales herramientas no resuelven por sí solas las brechas en la educación sexual, pueden ayudar a las personas a comprenderse mejor, ampliar las posibilidades y experimentar placer con autonomía. Jugar con frecuencia o explorar nuevas intensidades puede ser divertido, pero surgen problemas cuando confundimos el juego con la medición. Ni el número de encuentros sexuales ni la velocidad de alcanzar el orgasmo nos dicen si hubo verdadero deseo, conexión o disfrute. El derecho al placer también es una cuestión de salud. Discutir no es frívolo, se trata de bienestar sexual.
La salud sexual implica más que la ausencia de dolor o disfunción. Significa vivir la sexualidad de manera segura, libre, consensuada, consciente y satisfactoria. Muchas mujeres entran en la edad adulta sabiendo cómo cuidar el deseo de otro pero con poca práctica en entender el suyo. Se les ha enseñado más para agradar o parecer deseables que para sentirse deseadas. Así como se les ha animado a controlar cómo se ven sus cuerpos, también deben aprender a saber cómo se sienten dentro de sí mismas y en cada situación. Pasar de ser un objeto de deseo a convertirse en un sujeto no es solo una frase hermosa, es una revolución íntima.
La transición de tener sexo a estar en el sexo significa cambiar el enfoque de la validación externa a la presencia interna. Cuando hablo de sexo consciente, no me refiero al sexo lento, bonito o perfecto. Estoy hablando de presencia. Estar completamente dentro de la experiencia en lugar de evaluarla desde afuera. Porque cuando estamos presentes, no solo estamos teniendo sexo, estamos en ella.
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