El huracán Lala golpeó la isla hawaiana de Big Island, trayendo vientos destructivos y fuertes lluvias que dejaron a decenas de miles sin electricidad. Según el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC), la tormenta golpeó la isla el domingo por la noche, causando una interrupción generalizada. los medios locales informaron de árboles caídos, carreteras cerradas e inundaciones severas en la isla, que tiene una población de alrededor de 200,000. La situación se volvió particularmente grave a última hora del sábado por la noche cuando el Servicio Meteorológico Nacional (NWS) declaró el estado de emergencia debido a inundaciones repentinas en partes del sur de Big Island.
El centro del huracán de categoría 1 pasó aproximadamente a 90 kilómetros al sur de la isla, moviéndose hacia el oeste, según el NHC. Se esperaba que fuertes ráfagas de viento y fuertes lluvias continuaran durante la noche en la Isla Grande.
En Laupahoehoe, casi 65 centímetros de lluvia se registraron en 36 horas. El riesgo de inundaciones, deslizamientos de tierra y olas peligrosas seguía siendo alto, lo que llevó a las autoridades a instar a los residentes a permanecer en refugios seguros. Mientras tanto, las lluvias torrenciales causadas por la tormenta tropical Lala causaron muertes en Venezuela. Las autoridades venezolanas anunciaron el domingo que tres personas, incluidos dos adolescentes, habían muerto después de que los vehículos fueron arrastrados por las inundaciones en Caracas después de fuertes lluvias durante el fin de semana. El aguacero tropical azotó el norte de Venezuela durante la noche, según el servicio meteorológico nacional Inameh.
El jefe de bomberos Pablo Antonio Palacios Salazar de Caracas declaró en Telegram que dos menores fueron arrastrados por la corriente. Una mujer de unos 40 años también murió cuando un muro se derrumbó. Al menos 30 casas fueron inundadas en la ciudad oriental de Sucre. Las fuertes lluvias que cayeron desde la tarde del sábado derribaron árboles y destruyeron tiendas de campaña utilizadas por personas que habían sido desplazadas después de devastadores terremotos el 24 de junio.
Los servicios de emergencia trabajaron incansablemente para rescatar a los atrapados en el aumento de las aguas, mientras que las comunidades lucharon para hacer frente a las amenazas duales de inundaciones y la falta de infraestructura básica. La situación destacó la vulnerabilidad de las áreas propensas tanto a los desastres naturales como a la preparación inadecuada para desastres. Las autoridades en Venezuela instaron a los residentes a permanecer vigilantes y seguir las pautas de seguridad emitidas por los funcionarios locales. El Servicio Meteorológico Nacional continuó monitoreando los patrones climáticos y emitió actualizaciones regulares sobre posibles desarrollos futuros.
Mientras tanto, en Hawai, los equipos de gestión de emergencias coordinaron los esfuerzos para restablecer la energía y ayudar a los afectados por el paso del huracán. El enfoque se desplazó hacia las operaciones de recuperación a medida que el peligro inmediato de la tormenta disminuía, aunque los efectos a largo plazo de las inundaciones y los daños requerirían amplios recursos y planificación. A medida que la tormenta se desplazaba más hacia el oeste, su influencia en la región comenzó a disminuir, pero el número de víctimas y el daño ambiental seguían siendo evidentes. Tanto en Hawai como en Venezuela, los eventos subrayaron la naturaleza impredecible del clima extremo y la necesidad de planes de contingencia robustos para mitigar los riesgos futuros.
Tanto los residentes como los funcionarios se enfrentaron al desafío de reconstruir y adaptarse a las realidades de desastres naturales cada vez más frecuentes e intensos.
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