El nuevo presidente de Colombia, Abelardo De la Espriella, ha lanzado su administración con una propuesta que se hace eco de debates de larga data en la política fiscal: para fomentar el crecimiento económico, el país debe dejar de "castigar" a las personas que invierten y generan riqueza. Su sugerencia se centra en reducir o eliminar el impuesto a la riqueza, argumentando que hacerlo liberaría más recursos para la inversión, la creación de negocios y la generación de empleos. Si bien esta perspectiva resuena con muchos, se basa en dos suposiciones, ambas han sido desafiadas por la evidencia, que la riqueza inevitablemente genera más riqueza y que reducir los impuestos a los ricos beneficiará automáticamente a la sociedad en general.
El impuesto a la riqueza, oficialmente conocido como impuesto al patrimonio, está diseñado para dirigirse a individuos con activos sustanciales. Opera bajo el principio de que aquellos con mayores medios financieros deben contribuir más a las arcas públicas. 3 mil millones anuales. Estos fondos ayudan a cubrir parte de los pagos de intereses de la deuda del gobierno, haciendo del impuesto un flujo de ingresos crucial. Sin embargo, su importancia se extiende más allá de los meros números, refuerza un sistema tributario progresivo, alineándose con los mandatos constitucionales que requieren que los impuestos sean equitativos.
En 2024, la mitad más pobre de la población poseía menos del 2 por ciento de la riqueza total de la nación, mientras que el 1 por ciento superior controlaba casi el 40 por ciento. Esta disparidad subraya la importancia de gravar la riqueza, ya que representa no solo ingresos, sino también activos como vivienda, ahorros, inversiones y otras tenencias que brindan seguridad y oportunidad. Tener riqueza puede significar la diferencia entre enfrentar una crisis y enfrentar dificultades, entre invertir en el futuro y quedarse atrás. Dos argumentos comunes apoyan la reducción del impuesto a la riqueza: que el dinero ahorrado por los ricos se reinvertirá en negocios y empleos, y que los impuestos más altos podrían impulsar la fuga de capital.
Sin embargo, los estudios internacionales desafían estas afirmaciones. Un análisis de 2017 de David Hope y Julian Limberg examinó las reducciones de impuestos para los asalariados de altos ingresos en 18 países de la OCDE entre 1965 y 2015. Descubrieron que, si bien el 1 por ciento más rico se volvió aún más rico, el crecimiento económico general no aumentó, ni disminuyó el desempleo.
La pérdida de ingresos fiscales por tales desviaciones es mucho menor que las ganancias por la recaudación del impuesto a la riqueza. Esto no implica que todas las formas de tributación sean aceptables. Los sistemas mal diseñados pueden fomentar la evasión, la evasión o las distorsiones en el comportamiento. Pero tampoco debemos construir nuestras políticas fiscales sobre miedos infundados. El impuesto a la riqueza tiene un doble propósito: aumentar los ingresos y garantizar que aquellos con la mayor riqueza contribuyan proporcionalmente. Esto es esencial en un país donde la concentración de riqueza es extrema y donde las consecuencias de la desigualdad se propagan a través de la educación, la salud y la movilidad social. El idioma también importa.
Enmarcar los impuestos como una forma de castigo en lugar de una contribución puede moldear la percepción pública. La tributación no es una penalización, es un mecanismo para financiar bienes y servicios públicos que benefician a todos. Al reformular la discusión, los legisladores pueden cambiar el enfoque del resentimiento hacia la comprensión de cómo los impuestos permiten el progreso colectivo.
★
Mantengamos las noticias honestas.
ObjectiveNews se financia con los lectores y no tiene anuncios: te mostramos el sesgo en lugar de ocultarlo. Apoya el periodismo independiente por 4 €/mes.
Hazte suscriptor