La NASA lanzó cerca de 3.400 abejas al espacio a bordo del transbordador espacial Challenger durante su misión STS-41C en abril de 1984, como parte de un experimento científico inusual diseñado para estudiar cómo las abejas construyen sus colmenas en microgravedad. La misión, que tuvo lugar del 6 de abril al 13 de abril, tuvo como objetivo comparar la organización estructural de las colmenas construidas en condiciones de gravedad cero con las construidas bajo la gravedad terrestre normal. Este experimento fue dirigido por Dan Poskevich, un estudiante de 19 años de la Universidad Tecnológica de Tennessee, quien propuso la idea como parte del Programa de Participación Estudiantil del Transbordador (SSIP).
La tripulación del Challenger, asignada a la misión STS-41C, incluía al comandante Robert L. Crippen, el especialista de la misión Terry J. Hart, James D. Van-Hoften, George D. Nelson y el piloto Francis R. Dick Scobee. Durante el vuelo, las abejas fueron alojadas en un recinto especializado conocido como el Módulo de Recinto de Abejas (BEM), ubicado en la cubierta media de la nave espacial. El BEM fue diseñado para proporcionar un entorno controlado para las abejas mientras permitía a los investigadores observar su comportamiento en microgravedad. Al entrar en el BEM, las abejas inicialmente lucharon con el movimiento debido a la falta de gravedad. Colisionaron con paredes y tuvieron dificultades para navegar por el espacio cerrado.
Sin embargo, se adaptaron rápidamente, comenzando a moverse más libremente dentro del módulo. Los investigadores observaron que muchas de las abejas comenzaron a volar de un lugar a otro, lo que indica un retorno al comportamiento normal.
Los científicos observaron que algunas abejas se movían a lo largo de las superficies, otras flotaban, y algunas incluso formaban cadenas de hasta unos 25 centímetros de longitud. Estos comportamientos sugieren que las abejas conservaban gran parte de su estructura social típica a pesar de la ausencia de gravedad. Un estudio publicado en la revista Apidologie en 1985 encontró que la densidad, profundidad, diámetro y espesor de pared de las células producidas en el espacio eran similares a las producidas en la Tierra.
Sin embargo, la orientación de las células difería significativamente, ya que no se alineaban consistentemente en la misma dirección que en una gravedad normal. A pesar de estas diferencias, las abejas exhibieron tasas de mortalidad notablemente bajas, y la reina continuó poniendo huevos, lo que demuestra que sus procesos biológicos fundamentales no se vieron afectados en gran medida por el entorno espacial.
Los datos recopilados ayudaron a los científicos a comprender mejor el potencial de otras especies de insectos para construir estructuras complejas en microgravedad, con implicaciones tanto para la biología como para la ingeniería. El experimento también destacó la resiliencia de las abejas, demostrando que pueden mantener aspectos clave de su comportamiento y fisiología incluso en entornos extremos.
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