El terremoto de magnitud 4 mató a casi 250 personas. Los equipos de rescate trabajaron durante toda la noche del miércoles, compitiendo contra el tiempo para localizar a los que aún estaban enterrados en los restos del complejo de apartamentos Torres del Limonar. La búsqueda se extendió a su tercer día, con funcionarios expresando un cauteloso optimismo de que aún podrían salvar vidas. El terremoto se produjo el lunes por la mañana, enviando temblores a gran parte del sur de Colombia. En el corazón de la crisis está el edificio Torres del Limonar, que se derrumbó durante el terremoto, atrapando a docenas de personas en el interior. Los bomberos y voluntarios locales unieron fuerzas para extraer sobrevivientes, con más de 20 personas sacadas de las ruinas en las primeras 12 horas.
Tres más fueron rescatados más tarde en condiciones más difíciles, según Camilo Cano, un oficial del departamento de bomberos de Bogotá que asistió en la operación. A pesar de estos esfuerzos, la búsqueda sigue cargada de dificultades. Grandes multitudes de voluntarios y espectadores inicialmente obstaculizaron la operación, lo que dificultaba a los rescatistas concentrarse en los sonidos más débiles de socorro. Cano señaló que la presencia de estos grupos también suponía riesgos, particularmente con la posibilidad de réplicas.
Entre los que esperan ansiosamente noticias está Marcela Pérez, cuya hija de 11 años y sus abuelos quedaron atrapados en el edificio cuando se derrumbó. "Hemos estado aquí desde el lunes esperando que la niña sea rescatada, y también para sus abuelos", dijo Pérez. "Su relato destaca el costo emocional del desastre, ya que las familias esperan en silencio la noticia de sus seres queridos desaparecidos".
Se emitieron advertencias de tsunami, pero rápidamente se levantaron después de que se registraron olas de menos de un metro. Las autoridades confirmaron que algunas víctimas perecieron debido al colapso de las estructuras, mientras que otras sufrieron heridas. La región, situada a lo largo del Anillo de Fuego del Pacífico, experimenta una actividad sísmica frecuente. Este último terremoto, que ocurrió a una profundidad de 15 kilómetros, fue seguido por numerosas réplicas. Los residentes de varios distritos informaron haber sentido los temblores durante un minuto, lo que provocó pánico y éxodo masivo.
Las autoridades de Indonesia informaron daños en múltiples casas, almacenes y edificios gubernamentales, junto con interrupciones como atascos de tráfico y cortes de energía. Mientras que el centro de alerta de tsunamis de Australia no confirmó ninguna amenaza para el continente, el incidente subraya la vulnerabilidad continua de la zona a los desastres sísmicos. A medida que continúan las operaciones de rescate en ambos países, la escala de la devastación se vuelve cada vez más clara. En Colombia, la búsqueda de sobrevivientes persiste, impulsada por la determinación de los rescatistas y las esperanzas de las familias en duelo. En Indonesia, las secuelas del terremoto revelan la fragilidad de la vida en regiones propensas a tales trastornos repentinos y violentos.
Ambos eventos sirven como recordatorios del poder de la naturaleza y la resistencia requerida para enfrentar su ira.
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